jue27042017

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¿Y hasta la próxima Semana Santa, qué?

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La Semana Santa de Cuenca es sin duda la mayor manifestación de actividad popular en la ciudad. Da gozo ver la implicación de la gente en esta tradición nuestra, en la que participan la mayor parte de las familias: tanto quienes aquí viven como quienes son conquenses pero aquí no pueden vivir porque el trabajo lo tienen fuera.

San Mateo, justo seis meses después, en el siguiente equinoccio, el de otoño, es otro momento en el que las calles rebosan similar actividad: en este caso bajo la excusa de una fiesta con vacas enmaromadas.

 

De Semana Santa y San Mateo se deduce que en Cuenca hay compromiso por lo social y que en estas fiestas tradicionales las personas se implican, participan, defienden lo que les gusta y son generosas en el esfuerzo. Pero, en los muchos días que van de un acontecimiento al otro parece como si los conquenses quedáramos derrengados; como si todo el potencial para ofrecerse generosamente a lo comunitario estuviera ya agotado. Movilizarnos porque somos una de las ciudades de una de las provincias más pobres de España no estimula a casi nadie. Sin embargo, en estos días, con el recuerdo de nuestras calles y nuestras plazas abarrotadas de personas, es preciso que los conquenses nos preguntemos: ¿y si esas mismas personas un día cualquiera ocuparan las mismas calles y las mismas plazas para espetar nuestra rabia al gobierno que toque, diciéndole que además de defender nuestras tradiciones exigimos que apoyen nuestra vocación de progreso?

La semana pasada Cuenca engalanó sus fachadas con pendones y estandartes de las diversas cofradías: demostró que estaba viva, alegre, ilusionada… Bien. En algún momento hice la comparación con lo que veo en Barcelona cuando voy: allí son esteladas lo que cuelga de los balcones. Ambos fenómenos son, mutatis mutandis, la expresión de pasiones inmateriales; pasiones que alimentan el espíritu, pero que en nada comprometen la seguridad emocional y material de las personas. Por eso tienen tantos “cofrades”.

Pero hay parados, sin techo, maltratadas/os, emigrados, etc., cuyos problemas –porque esos sí son materiales e inmediatos-, solemos dejarlos en las tangentes del espíritu y también de la razón.

Y, dicho lo dicho, vuelvo a preguntar: ¿nos podemos conformar ofreciendo solo lo más noble de nuestro carácter en compromisos inmateriales?

 

Joaquín Esteban Cava



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