vie23062017

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Al Pairo

A un «Mediohombre»

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El ingenio y la gallardía de un «Mediohombre» español bastó para que el afamado almirante sir Edward Vernon clamara furibundo a los cuatro vientos, según cuenta la leyenda, «¡Que Dios te maldiga, Lezo!», mientras huía derrotado y humillado de las costas de Cartagena de Indias el 20 de mayo de 1741.

Tres años antes de esa fecha, un contrabandista británico, Robert Jenkins, comparecía ante la Cámara de los Comunes con un escueto mensaje de Juan León Fandiño, capitán del guardacostas español La Isabela: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve». Jenkins mostraba al mismo tiempo un frasco con alcohol que contenía su propia oreja, amputada por Fandiño como castigo tras apresar el Rebecca en abril de 1731. León Fandiño había actuado conforme a las costumbres de la época y con arreglo al llamado «derecho de visita», que autorizaba a los navíos españoles a interceptar navíos británicos a fin de verificar la carga que portaban y con ello el estricto cumplimiento del Tratado de Sevilla de 1729, por el que los británicos se habían comprometido a no comerciar con las posesiones españolas en América, si no era mediante el denominado «navío de permiso». No obstante, la oposición parlamentaria estimó que el incidente de la oreja de Jenkins constituía una inaceptable ofensa al rey Jorge II y un claro casus belli, por lo que acabaría aprobando, a pesar de la oposición del primer ministro sir Robert Walpole, el envío de tropas a América. Los intereses comerciales en el Caribe, particularmente los de la Compañía de los Mares del Sur, se habían impuesto y Gran Bretaña declaraba formalmente la guerra a España el 19 de octubre de 1739.

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Dos titiriteros censurados, un concejal acosado, un ideólogo demócrata encarcelado,… y sólo dos personas non gratas

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Dos titiriteros censurados. Con motivo del Carnaval auspiciado por la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, los niños del barrio de Tetuán tuvieron la oportunidad de deleitarse y aprender a un tiempo con un espectáculo sin parangón; un gozo para los sentidos, el entendimiento y las buenas costumbres. Los afortunados chiquillos presenciaron La bruja y don Cristóbal, una inocente representación en la que unas simpáticas marionetas ahorcaban a un juez, mataban a una monja, recreaban una violación y exhibían una pancarta en la que podía leerse «Gora alka-eta». Todo iba fetén hasta que unos progenitores reaccionarios –sin duda cómplices de la represión que se padece en este país– llamaron a la Policía Nacional, que se personó en el lugar y procedió a la detención de los artistas por un delito de enaltecimiento del terrorismo. Cinco días después de tamaña afrenta a la libertad de expresión, estos dos pobres mártires salían por fin de la prisión de Soto del Real.

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Tiempo para el diálogo

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Basta una fugaz ojeada a la etimología de la palabra diálogo para comprobar que la definición que ofrece la Real Academia, y más aún el uso corriente del término, adolecen de matices y, por ende, de precisión. Esto no pasaría de ser un problema de índole filológica si no fuera porque se ha hecho del diálogo morada de la democracia, refugio del intelectual progre al uso y cobijo de lo políticamente correcto. En los inciertos y confusos tiempos que corren se dice una y otra vez, por activa y por pasiva, hasta causar sopor, que lo primordial es dialogar; como si el diálogo fuera condición suficiente para la prosperidad, el adelanto o la perfección de cualquier asunto. El ínclito Pedro Sánchez, estadista sin parangón y martinete de la derecha cerril, resulta acaso uno de los mejores paradigmas de esta obsesión por el diálogo. Reclama «espacios de diálogo», se lamenta cuando «el diálogo se bloquea» –cuando los demás no se avienen a sus ensoñaciones, majaderías o inquinas– y envía mensajes de confianza a la sociedad española porque es plausible gobernar desde «la moderación y el diálogo», para lo cual es indispensable entablar un «diálogo sosegado» con los frenéticos de Podemos, previa genuflexión, y «retomar el diálogo» con los secesionistas, respetando, por supuesto, la indiscutible soberanía del pueblo de Cataluña. Como ven, el dislate toma asiento y amenaza con quedarse, de modo que conviene al menos un bosquejo rápido del fondo de la cuestión para no perder la cordura.

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Ya pasó… notas para un inicio de año

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Ya pasó… el estupor de ver cómo el presidente del Gobierno de España era agredido en plena calle. Queda, no obstante, una profunda desazón al contemplar el golpe propinado por ese hijo de la necedad, de la política entendida casi como espectáculo televisivo –espoleado al abrigo del dorondón anónimo y cobardón de las redes sociales–, así como el sonrojo y el descrédito de vivir en un país en el que un acto de este cariz pasará prácticamente impune.

Ya pasó… el dichoso 20 de diciembre, el proceso electoral que ha dado como resultado una España que cree haber roto con el manido bipartidismo. Al mismo, previo paso por los forzados y tediosos debates en televisión, concurrieron un Partido Popular incapaz de explicar sus medidas –acertadas o no– de una forma clara y concisa, y acongojado por una forma de corrupción (la económica) considerada mayoritariamente como la única letal para el porvenir de nuestra nación; un PSOE en caída libre desde que decidió perder el juicio, disfrazarse de populista y dejarse dirigir por una caterva de incapaces; unos Ciudadanos que acabaron por debajo de lo esperado, sin mostrar la capacidad suficiente para concitar el respaldo necesario para una reforma a fondo de la política española; y un Podemos –con sus estrafalarios y ridículos satélites incluidos– arrogándose la portavocía de la voluntad de un «pueblo» deseoso de cambio, sólo al objeto de alcanzar su única razón de ser: el poder. A tenor del trajín de reuniones y de acuerdos, del baile de intereses partidistas iniciado inmediatamente después de los comicios, acaso todo sea un simple espejismo de ruptura, un simulado sepelio del celebérrimo poema de Machado. ¿Cuánto cambio podemos permitirnos?

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Una mala respuesta

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Imagino que sería como una noche cualquiera de viernes, en la que unos habían decidido salir a cenar, otros asistir a un concierto y unos miles presenciar un partido de fútbol. Pero esa noche de viernes quedaría teñida de sangre y bañada en lágrimas. Los atentados del pasado 13 de noviembre en París dejaron, además del macabro rastro de sangre y lágrimas, una larga estela de dolor y conmiseración que pronto cubrió Europa. Como en ocasiones precedentes, primer objetivo cumplido por parte de los terroristas; pues subyace en la propia naturaleza del acto terrorista lo sorpresivo y aleatorio del mismo, así como la inconfundible rúbrica de sus autores. No obstante, para que un acto terrorista logre plenamente sus objetivos resulta necesaria la complicidad del agredido, ya sea en forma de plegamiento o sumisión ante las exigencias del terrorista, ya sea como pérfida o desleal comprensión.

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Vindicación de la Filosofía; una respuesta al artículo Sobre políticos y filósofos

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La Filosofía no hace, deshace. El pasado lunes 26 de octubre apareció en este medio de comunicación un artículo de opinión titulado Sobre políticos y filósofos. Su autor, José Luis González Geraldo, nos ofrecía una interpretación sobre el «cafetero debate» mantenido por Pablo Iglesias y Albert Rivera en La Sexta, partiendo de una analogía enteramente gratuita –como él mismo reconocía– entre esos dos políticos y los filósofos Platón y Aristóteles, y concluyendo con una observación ciertamente ambigua: «La Filosofía, como ven, sigue sin servirnos para nada». Propongo dos interpretaciones plausibles a este enunciado: 1) constata que la Filosofía por sí misma no puede tener utilidad alguna. 2) lamenta que la Filosofía no sirva para nada, a pesar de que se le suponga implícita cierta utilidad. Presentadas las proposiciones 1) y 2) –en adelante P1 y P2–, procuraré ahora esclarecer dicha ambigüedad dando una respuesta a ambas sin separarme demasiado de la narratio del artículo de González Geraldo.

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¿Y ahora, qué?

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¿Y ahora, qué? Ahora toca esclarecer, reconocer, criticar y tomar partido. Procuraré explicarme por medio de un discurso compendioso, en el que cada una de estas acciones se siga coherentemente de la anterior, a fin de ofrecer una visión exhaustiva del problema al que nos enfrentamos, así como una posible vía de salida.

1) Esclarecer la situación en que se halla España tras los comicios del pasado 27 de septiembre en Cataluña; es decir, dilucidar lo confuso del baile de datos, declaraciones y opiniones contrapuestas que empezó ya durante la noche electoral. Los gurús del «procés», entre sonrisas impostadas y palabras masculladas, celebraban en Barcelona una victoria pírrica e insuficiente ante una muchedumbre enardecida al grito de un sol poble (Ein Volk, en lenguaje del tercer del Tercer Reich), aunque ahora la pretendida legitimidad no viene de la raza sino de un supuesto hecho diferencial de sesgo cultural, que los próceres sediciosos no dejan de reivindicar. Por su parte, los socialistas del bailongo Miquel Iceta, equilibristas del contigo pero sin ti, aplaudían los peores resultados de su formación sin que se les cayera la cara de vergüenza. Pablo, el indio de la izquierda, tampoco parecía excesivamente avergonzado, a pesar del estrepitoso ridículo cosechado, fruto de una campaña en la que rozó la transgresión del principio lógico de no contradicción; a través del falaz «derecho a decidir», un simultáneo sí y no a la independencia. Mientras, el desdichado García Albiol, cuyo peor enemigo vino a hacerle la campaña desde la calle Génova de Madrid, apenas pudo salir por la tangente de la consabida pluralidad catalana. Y por último, sin perder un ápice de coherencia –lo cual en sí mismo no supone un valor– las CUP, que entre llamamientos a la desobediencia y al incumplimiento de las leyes, se apresuraban a advertirle a Mas que no encontrará expedito el camino a la presidencia de Generalitat.

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Hedor ideológico

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Escribía F. Engels (1820-1895) que «todo lo que mueve a los hombres tiene que pasar necesariamente por sus cabezas; pero la forma que adopte dentro de ellas depende en mucho de las circunstancias». Las ideologías –aquellos conjuntos de ideas que pasan por nuestras cabezas– eran para el materialismo histórico marxista un «producto social» que, en cualquiera de sus distintas formas o manifestaciones (religión, filosofía, arte, derecho, etc.), no describía de un modo adecuado al hombre y sus condicionantes. Así, toda ideología implicaba una deformación de la realidad, una «falsa conciencia», que era la consecuencia directa del interés de la clase dominante por mantenerse en su privilegiada situación de dominio. En su obra La ideología alemana (1845) Marx y Engels sostenían que «las ideas de la clase dominante son, en todas las épocas, las ideas dominantes». Ambos consideraban que la clase dominante disponía no sólo de los medios de producción material, sino también del control y producción de la cultura (de los «bienes espirituales»), por lo que las ideas que imperaban en una sociedad determinada eran siempre aquellas que convenían a esa clase dominante.

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Acerca del autoengaño

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Por definición, engañar consiste en «inducir a alguien a tener por cierto lo que no lo es, valiéndose de palabras o de obras aparentes y fingidas» (RAE). Si a este verbo le añadiésemos el prefijo auto, que significa «propio» o «por uno mismo», el término resultante –autoengañar– lo deberíamos definir como la persuasión o inducción de uno a sí mismo, a fin de dar certeza a lo que no la tiene. No obstante, esta posibilidad –no reconocida por la Real Academia Española– sólo tendría cabida en un plano estrictamente morfológico, puesto que carece por completo de sentido. Dicho de otro modo, en el plano semántico nos hallamos siempre ante una contradicción, un imposible o un absurdo. ¿Podría alguien tener por cierto algo que no lo es, a sabiendas de que no lo es? Nada puede ser cierto y no cierto simultáneamente en la conciencia de alguien. La palabra autoengaño es, pues, una mera ficción lingüística sin contenido efectivo, que, sin embargo, está muy incrustada en el vocabulario de nuestra sociedad. Y en especial en el ámbito político, donde parece funcionar con mucha frecuencia a modo de subterfugio a la crítica, o sencillamente como una manera cómoda de eludir las consecuencias de enfrentarse con el fondo que subyace en lo que en dicho ámbito acontece.

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Pedro el patriota

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Tal vez como consecuencia de los malos resultados cosechados en las últimas elecciones, o quizás también porque vislumbra el peligro de convertirse en una pieza secundaria en el lado izquierdo del tablero político, Pedro Sánchez quiso reverdecer ante dos mil de sus correligionarios, reunidos en el Circo Price de Madrid, con la imagen de una gran bandera española de fondo. Menos noticiable que la exhibición de la enseña nacional fue su discurso, tan plagado de promesas ilusorias como de vacuidades; expresiones carentes de contenido, torpemente disimuladas por la aureola de incorruptibilidad con la que pretende envolverse el candidato del PSOE. Sin embargo, si ustedes tienen tiempo que perder, piérdanlo leyéndolo… no tiene desperdicio. Más allá de la historia ficción que lo sustenta, del idealismo torticero que exuda y de los buenos propósitos para un futuro próximo en el país de las maravillas, el discurso insistió en una idea que adquiere relevancia si la vinculamos con el mensaje que supone mantener la bandera sobreimpresionada en una pantalla enorme al fondo del escenario –eso sí, sólo los cinco primeros y los cinco últimos minutos de la intervención del señor Sánchez; más tiempo acaso hubiera provocado algún eccema en la delicada piel rojiza de algún asistente al evento–. La idea en cuestión es la idea de Patria, a la que el altanero candidato aludió hasta en tres ocasiones. En la primera de ellas afirmó que «los socialistas hemos incorporado a la gran patria del conocimiento a sectores sociales para los que era un sueño inaccesible». En su segunda alusión contrapuso Patria y «patrimonio». Y en la tercera dijo que «ser patriota es querer que la historia de tu país discurra por la senda de la prosperidad y de la libertad de sus ciudadanas y ciudadanos». Seguramente por pura necedad, no atinó en ninguna de las tres.

 

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Escrutinio de la rosa

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No son pocos los corolarios e inferencias que cabría extraer de los resultados de las últimas elecciones municipales y autonómicas; desde la evaporación de unos partidos como Izquierda Unida y Unión Progreso y Democracia, pastoreados entre la estulticia y la egolatría, hasta la manifiesta debilidad de otro, el Partido Popular, cautivo y acongojado por sus propias corruptelas, aireadas y avivadas casi a diario en todos los medios de comunicación. Es ese PP que, aun siendo mayoritario, ha sido incapaz de asirse a unos principios realmente liberales, explicarlos y defenderlos con talento y arrojo, e imponerlos al amparo del sentido común. Es ese PP al que sólo parece quedarle como baluarte la recuperación económica y el encomendarse al temor que el populismo pueda infundir en el juicioso votante.

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