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Mujeres indefinidas de «Juego de tronos»

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La edición del 9 de junio de 2013 de El País Semanal nos ofrece una interesante entrevista, «Juego de tronos también habla español», titulada así porque en ella intervienen dos de las actrices de origen hispano de la serie televisiva en cuestión. Ellas son Natalia Tena, quien interpreta a Osha, la sirvienta de los Stark de origen salvaje, y Oona Chaplin (descendiente del famoso clan de actores), quien da vida a Talisa, la joven esposa de Robb Stark, el rey del norte.

 

Así que el interés de El País Semanal se basa desde el principio en el origen y en la lengua de las actrices, todo ello sin perjuicio de sus méritos como intérpretes y, en el caso de Natalia, también como integrante de un grupo musical, Molotov Jukebox. Por lo tanto, llama la atención lo que las dos chicas tienen qué decir acerca de su ascendencia. Vamos por partes.

Natalia Tena nació en Londres, en 1984, hija de una extremeña y de un vasco. Oona, por su parte, nació en Madrid en 1986, hija de la actriz británico-americana Geraldine Chaplin y del cinefotógrafo Patricio Castilla. El texto nos informa que Oona ha vivido en Cuba, Estados Unidos, Francia y Suiza, «un periplo familiar que le ha legado el dominio de varias lenguas (español, inglés, francés e italiano) y la noción de que cualquier residencia es en el fondo temporal)», escribe la autora de la entrevista, Patricia Tubella.

Y luego, lo que más nos interesa: «A los dos únicos rostros de Juego de tronos que hablan español fuera del plató les cuesta definirse en términos de patria. Coinciden en la contradicción, son españolas, pero no tanto», dice Tubella. Por ejemplo, veamos lo que menciona al respecto de sus sentimientos Natalia:

“Cuando llego a Madrid […] me siento más inglesa, pero aquí en Londres me veo más española, o mejor como una londinense pero diferente de mis amigos británicos. En España tampoco soy como ellos, aunque cuando voy a Extremadura y puedo oler la sierra, también pienso: ‘He llegado a casa’”.

Tubella consigna que en su entrevista, Oona, dice lo siguiente: «Dice tener de española “el pasaporte y mi amor al chorizo, o que me gusten el flamenco y Almodóvar”, pero “la gente me pregunta de dónde soy y no les puedo responder, no me pregunta pertenecer a ningún club”».

En nuestro artículo para Cuenca News, «Realismo político en Westeros» (30 de noviembre de 2012), ya habíamos abordado esta serie que, como se sabe, cuenta las luchas entre diversas facciones por alcanzar el máximo poder de un reino hipotético y pseudomedieval, Poniente. Todo ello construido a partir de la colección de novelas «Canción de fuego y hielo», del escritor George RR Martin, quien ha hecho su aportación ficcional a partir de las convenciones de la fantasía heroica: caballeros, dragones, castillos, guerras…

Hoy queremos insistir en el principal atractivo de la serie, cuya tercera temporada acaba de terminar, basados además en nuestra lectura de los dos primeros volúmenes, “Juego de tronos” y “Choque de reyes”. Por lo tanto, de entrada no podemos hacer un juicio global acerca de todos los libros (cinco, hasta el momento), por más que hayamos leído dos de ellos. Lo que decimos aplica solo para los primeros, pues, así como a lo que hasta el momento ha exhibido HBO de la serie.

Muchas cosas se han elogiado de Martin: la complejidad de sus personajes y de las situaciones en que estos intervienen (es decir, no es maniqueo, como a veces ocurre con Tolkien, donde el bien y el mal se distinguen con enorme claridad y no hay redención posible para orcos y trasgos). También se ha elogiado, en Martin, su retrato de la mujer, que el dibuja con frecuencia como un ser fuerte, emancipado y con liderazgo (el caso de los personajes de las dos entrevistadas por El País). En fin, algo que se ha repetido hasta el cansancio: en «Canción de fuego y hielo» atestiguamos la presencia de la condición humana, porque, como nos han dicho los críticos, resulta que el hombre no es ni malo ni bueno, sino que tiene un poco de todo.

Pues bien, al margen de la pertinencia de esos juicios, nosotros pensamos que el mayor mérito de la serie «Juego de tronos» y la ficción literaria que la inspira es la relevancia que le da al realismo político.

Vivimos en una época en la cual el diálogo y la asamblea se manejan como los valores supremos de nuestra sociedad; con ellos se pretende hacer política, cuando lo que en realidad se promueve es la emancipación de los individuos de cualquier frontera nacional (pero nunca se explica cómo llevar a cabo lo anterior).

En cambio, cuando hablamos de realismo político nos referimos a que antes de otra cosa debe privar la voluntad del gobernante (el Príncipe, diría Maquiavelo), todo ello con el Estado como elemento cardinal de la política. Un Estado cuya unidad debe ser el criterio principal. Es decir, para hablar de política no admitimos la exclusión del Estado.

Eso mismo ocurre en la serie, que refleja las tensiones entre los diferentes cabecillas del reino y el impacto que tienen sus decisiones entre sus enemigos. Poco se sabe en «Juego de tronos» de indignados del pueblo llano. Son los intereses de los Lannister contra los Stark y contra el resto de los nobles. Hay muchos pretendientes pero solo un trono, al cual no se llega democráticamente.

Por eso resulta curioso que parte del elenco de la serie, dos actrices que interpretan a personajes que han sufrido los vaivenes de la política (una de ellas la esposa de un Rey), se alejen por completo de los criterios que la serie promueve, para comparar un país en toda regla, España, con un club. Y la patria con un asunto de sentimientos, chorizo, tablao y un cineasta en horas bajas. Pura psicología.

 

Manuel Llanes

 

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