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Vindicación de la Filosofía; una respuesta al artículo Sobre políticos y filósofos

Vindicación de la Filosofía; una respuesta al artículo Sobre políticos y filósofos

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La Filosofía no hace, deshace. El pasado lunes 26 de octubre apareció en este medio de comunicación un artículo de opinión titulado Sobre políticos y filósofos. Su autor, José Luis González Geraldo, nos ofrecía una interpretación sobre el «cafetero debate» mantenido por Pablo Iglesias y Albert Rivera en La Sexta, partiendo de una analogía enteramente gratuita –como él mismo reconocía– entre esos dos políticos y los filósofos Platón y Aristóteles, y concluyendo con una observación ciertamente ambigua: «La Filosofía, como ven, sigue sin servirnos para nada». Propongo dos interpretaciones plausibles a este enunciado: 1) constata que la Filosofía por sí misma no puede tener utilidad alguna. 2) lamenta que la Filosofía no sirva para nada, a pesar de que se le suponga implícita cierta utilidad. Presentadas las proposiciones 1) y 2) –en adelante P1 y P2–, procuraré ahora esclarecer dicha ambigüedad dando una respuesta a ambas sin separarme demasiado de la narratio del artículo de González Geraldo.

 

Las dos proposiciones sugieren que es un hecho que la Filosofía resulta inoperante. No obstante, si de suyo la Filosofía no puede tener ninguna utilidad (P1), cabría preguntarse de inmediato por qué razón debería tenerla; ¿acaso no desarrollamos en nuestra vida otras actividades que no son para nada útiles? Esta primera objeción dejaría estéril P1. Por otra parte, postular esa inutilidad esencial de la Filosofía obligaría indefectiblemente a justificar el porqué de la preeminencia de un criterio pragmatista sobre otros criterios posibles. Y como tal justificación habría de ser necesariamente filosófica, P1 entraría en contradicción consigo misma; estaríamos justificando el criterio que nos permite afirmar que la Filosofía no tiene utilidad, utilizando la Filosofía. Esta segunda objeción reduce al absurdo P1. En cambio, si lamentamos que la Filosofía no sirva para nada cuando debería servir para algo (P2), la pregunta consecuente no puede ser otra más que ¿para qué debe servir la Filosofía? Esta cuestión sí merecerá nuestra atención.

Para empezar, la Filosofía podría servir para no cometer excesos metafóricos o simplificaciones ingenuas, como decir que Platón se andaba «por las ramas» o que Aristóteles no se atrevía a «despegar del suelo». Platón fue el creador del método filosófico y el fundador de toda la extensa tradición académica de la Filosofía que llega hasta nuestros días. Si bien es cierto que su «dualismo ontológico» constituye el núcleo doctrinal de su pensamiento, no lo es menos que sería un grave error no considerarlo un pensador político. Platón propuso un regreso hacia las Formas puras (Ideas) –entidades eternas, inmateriales, absolutas, inmutables y universales– partiendo del mundo de los fenómenos, para conformar una teoría ontológica (su teoría de las ideas) que le permitía volver nuevamente sobre los fenómenos para explicarlos. Es su «vuelta a la caverna». Al sostener que tras las apariencias cambiantes de los objetos del mundo empírico (de los fenómenos) tenía que existir necesariamente una entidad absoluta, una Idea, Platón estaba articulando una refutación al relativismo propio de los sofistas de su época, a los cuales consideraba peligrosos para la vida política y social de Atenas. Como existen las Ideas puras de Felicidad, de Bien, de Justicia, etc., los gobernantes sólo podrán ser aquellos que las conozcan, es decir, aquellos que se conduzcan con arreglo a ese conocimiento esencial (el de las Formas puras). Es su «filósofo-rey». Creo que ésta es suficiente explicación para mostrar que Platón no se anduvo perennemente «por las ramas», y que desde sus inicios la Filosofía está vinculada a la praxis política. Del mismo modo, no es cierto que Aristóteles, discípulo de Platón, no se atreviera a «despegar del suelo». Su filosofía primera –a la que Andrónico de Rodas, editor y comentador de sus obras, denominaría «Metafísica» (τά μετά τά φυσικά, más allá de la física) – tenía por objeto el estudio del ser en cuanto ser; el conocimiento más elevado que el hombre podía alcanzar. La Filosofía primera de Aristóteles se ocupaba, por tanto, del ser y sus atributos esenciales, y particularmente del Ser supremo, al que denominaría «Acto puro». La crítica al dualismo platónico consistía básicamente en negar que las Ideas tuvieran una existencia separada de las cosas (de los objetos), pero en modo alguno negaba la existencia misma de las Ideas o Formas. De hecho, al explicar el hilemorfismo, sostenía que en el mundo físico no podía haber materia sin forma ni forma sin materia. Obviaré, para no extenderme más de lo debido, otros aspectos determinantes del sistema aristotélico –como su definición del movimiento, su teoría de las cuatro causas, su teoría de la abstracción o sus planteamientos cosmológicos–, que ahondarían aún más en la inconsistencia o el desconocimiento que supone afirmar una supuesta falta de «despegue» en el pensamiento de Aristóteles. Un pensamiento que, por lo demás, tampoco permanecería ajeno a la cuestión social, a lo político (Léanse sino su Política, su Ética eudemia, su Ética nicomáquea, y su Gran moral).

Recogiendo el legado metodológico de Platón y Aristóteles, así como de toda la tradición de la Filosofía académica posterior, cabe plantearse ahora si es admisible otorgar la función (la utilidad) que en muchos casos se atribuye hoy a la Filosofía, y que en cierto modo se trasluce en el artículo de González Geraldo. Es usual conceder a la Filosofía la labor de educar a los ciudadanos para que sean «ciudadanos de provecho» (Véase aquí, por ejemplo, lo que subyacía en la implantación de la asignatura de Educación para la ciudadanía). Sin embargo, es conforme a esta concesión de competencias que se abona el terreno para el cultivo de determinadas ideologías. Por motivos muy diversos, y al amparo precisamente de esta concepción «educativa» de la Filosofía, determinadas ideas han ido adquiriendo gran prestigio social hasta degenerar en pura ideología, en nebulosas en las que se entrelazan de un modo arbitrario ideas que se vinculan a ciertos grupos o clases sociales. Es éste el contexto en el que, por ejemplo, se hace del término «indignación» –al que con insistencia se refiere González Geraldo– una idea política, o de la «igualdad» un bien supremo. ¿Es que la Filosofía ha de servir para enseñarnos que nada vale «la nueva política si el nivel de desigualdad no sufre cambios radicales»? ¿Y qué son exactamente «las acciones pequeñas» y «las grandes ideas»? ¿Y qué entiende nuestro autor por «utopía»? Subyace en las palabras de González el agrio lamento por el fracaso de una Filosofía entendida como «educación», concebida para enseñarnos lo que ha de resultar «imprescindible»; en virtud, desde luego, de esas ideas que operan a modo de axiomas a los que él otorga entera validez. No obstante, el obstáculo con el que topa esta pretendida función educativa de la Filosofía es que cada individuo tiene su propio esquema del mundo, su particular manera de ver las cosas, siendo así que a éste le suele importar entre poco y nada lo que la Filosofía pueda enseñarle.

¿Qué papel le queda pues a la Filosofía? ¿Qué debe hacer? Pues nada que no esté en su naturaleza, nada que no le sea propio desde que Platón inaugurara la tradición académica, nada que no sea la crítica. La Filosofía debe servir de freno, de contención a las ideologías religiosas, políticas o cientificistas, que van tomando cuerpo hasta desembocar en verdaderos fundamentalismos que son tomados al pie de la letra. Por ejemplo, el fundamentalismo consistente en creer que la «igualdad» es el fundamento de toda acción política. La función propia de la Filosofía se asemejaría más, por tanto, a la de una trituradora; una trituradora de discursos dogmáticos. Lo dicho, la Filosofía no hace, deshace.

Francisco Javier Fernández Curtiella

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