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Una mala respuesta

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Imagino que sería como una noche cualquiera de viernes, en la que unos habían decidido salir a cenar, otros asistir a un concierto y unos miles presenciar un partido de fútbol. Pero esa noche de viernes quedaría teñida de sangre y bañada en lágrimas. Los atentados del pasado 13 de noviembre en París dejaron, además del macabro rastro de sangre y lágrimas, una larga estela de dolor y conmiseración que pronto cubrió Europa. Como en ocasiones precedentes, primer objetivo cumplido por parte de los terroristas; pues subyace en la propia naturaleza del acto terrorista lo sorpresivo y aleatorio del mismo, así como la inconfundible rúbrica de sus autores. No obstante, para que un acto terrorista logre plenamente sus objetivos resulta necesaria la complicidad del agredido, ya sea en forma de plegamiento o sumisión ante las exigencias del terrorista, ya sea como pérfida o desleal comprensión.

 

Esta segunda forma de complicidad es la que encuentra mejor acomodo en España. Tras la luctuosa noche del 13, en la cuenta de twitter @PodemosAnchuelo podíamos leer lo siguiente: «lo sucedido en París tiene su seno en el expolio que el capitalismo occidental ha infringido al mundo árabe». Por desgracia, ésta no fue una opinión aislada o extravagante. Con ocasión de la firma del pacto antiyihadista, suscrito por la mayoría de partidos políticos españoles, Pablo Iglesias señalaba que «nosotros no nos sentimos identificados en los valores de ese pacto. Pensamos que combatir el yihadismo implica defender más que nunca los valores europeos». Y añadía: «compromiso con lo que significa Europa, que tiene que ver con la defensa de las libertades, no pasa en ningún caso por la venganza». Apenas dos destellos del discurso psicologista y contradictorio que ha hecho suyo una izquierda confusa; una izquierda que, precisamente al amparo de lo que pretende aniquilar, procura a toda costa medrar en política. ¿De qué «valores europeos» habla este alfeñique intelectual? ¿De la Paz, de la Libertad, de la Igualdad? No lo sabemos con exactitud, pero sí tenemos claro lo que yihadismo quiere destruir.

Los correligionarios de la coleta acudieron prestos a respaldar al gurú relativista. Decía la ínclita Manuela Carmena que «acabamos de vivir un atentado horroroso y hemos sufrido con ese dolor. En ese horror hemos oído voces, hemos visto el sustantivo 'guerra' mezclado con las consideraciones de este terrible suceso». Y continuaba, enmarañando más si cabe ese discurso progre, infantil y plúmbeo: «Yo creo que es importante que sepamos en este momento que, solamente cuando defendemos la vida, odiamos la guerra, estamos dispuestos a plantear que no puede hablarse de guerra si queremos hablar de desarrollo. […] la guerra es el mayor atentado a los derechos humanos y lo que impide el desarrollo social, económico y personal. Tenemos que hacer un esfuerzo para quitar de nuestros conceptos y de la imaginería el concepto de guerra». Pasaré por alto que la docta alcaldesa desconozca el significado «imaginería», pero hay que ser un auténtico majadero para pensar que es posible «quitar» un concepto; que es posible eliminarlo o borrarlo como si se tratase de un desviado trazo de lápiz. Por lo demás, debo disentir abiertamente de esta posición en su totalidad, debo discrepar de esta ya manida muestra del «pensamiento Alicia», porque la paz implica indefectiblemente la guerra. ¿Pero de dónde se cree esta alcaldesa de ocasión que salieron los Derechos Humanos? Pues de la paz impuesta por los aliados después de la Segunda Guerra Mundial, tras más de cincuenta y cinco millones de muertos.

Por seguir hablando de políticas de saldo que disertan acerca de la idea de Paz, merecen ser citadas las palabras de otra ilustre alcaldesa, Ada Colau, quien sostiene que «las balas que se dispararon en París son las mismas que matan a personas y familias en Siria, Yemen o Iraq»; y que «en la guerra no hay el camino a la paz sino intereses armamentísticos y negocios». Parece que Colau reduce toda la cuestión del terrorismo a lo económico, tal vez para esquivar el delicado tema de la religión. Sin embargo, cuando conviene a sus espurios intereses ideológicos, no duda en utilizar los conflictos bélicos en su propio beneficio. Hace apenas unos días su Ayuntamiento anunció que se ha personado en la querella presentada por la asociación AltraItalia, a fin de denunciar los bombardeos sobre Barcelona por parte de la aviación italiana durante la Guerra Civil. La victoria –nos cuentan– llegará cuando el Gobierno italiano reconozca que la Aviazione Legionaria tuvo como blanco a la sociedad civil. ¿Hallará Colau en esta recurrencia a la Guerra su «camino a la paz»?

No sorteemos nosotros el tema religioso, siquiera para ofrecer unas notas superficiales que revelen cómo está latente en estas dos preclaras señoras. Insisten una y otra vez en que «el Islam es una religión de Paz». Sin aducir ahora razones de peso, diré que, cuando menos, no parece que siempre lo sea. Concédanme sin más que me remita a lo que escribí en diciembre de 2014 en este mismo medio, y que me reafirme en ello: «Convendría por tanto no menospreciar o soslayar el fenómeno religioso como razón de ser de este terrorismo, al amparo de la habitual y bobalicona equiparación entre confesiones. No cabe disimular su inherente raíz religiosa, porque no todas las religiones son iguales, como tampoco lo son todos los terrorismos».

La que no debe de ser una religión de paz es el cristianismo, habida cuenta de la repulsión que provoca, entre otros muchos, en la pareja Carmena y Colau. Es una aversión indisimulada que vuelcan periódicamente sobre en nuestra cotidianidad; por ejemplo, sobre algo tan inofensivo como nuestras arraigadas tradiciones navideñas. Mientras el consistorio madrileño optaba por no instalar el belén en el Palacio de Cibeles –considerando que ese edificio no es un lugar apropiado para símbolos en los que solamente se ven reflejados una parte de los madrileños–, la página web del Ayuntamiento de Barcelona ha propuesto una vía laica para las celebraciones, substituyendo la Navidad por el solsticio de invierno. Más allá de la fe religiosa, estas trabas y objeciones destilan una antipatía hacia lo propio que al fin no deja de ser contraproducente.

 

Los actos terroristas yihadistas están cerca de alcanzar la plenitud de objetivos, a la que antes me refería, por la vía de una tácita comprensión o aquiescencia que nos convierte en cómplices. Si desolador fue contemplar los restos de la barbarie en la noche parisina, preocupante es comprobar la respuesta de una parte de los españoles. Hace casi un año finalizaba mis artículo diciendo: «que el grupo agredido se pliegue a las exigencias del grupo de terrorista está aún por ver, y en cierto modo dependerá de lo que hagamos los que aún celebramos la Navidad». Parece que no pasan los meses… o las ideologías.

 

 

Francisco Javier Fernández Curtiella.

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