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A un «Mediohombre»

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El ingenio y la gallardía de un «Mediohombre» español bastó para que el afamado almirante sir Edward Vernon clamara furibundo a los cuatro vientos, según cuenta la leyenda, «¡Que Dios te maldiga, Lezo!», mientras huía derrotado y humillado de las costas de Cartagena de Indias el 20 de mayo de 1741.

Tres años antes de esa fecha, un contrabandista británico, Robert Jenkins, comparecía ante la Cámara de los Comunes con un escueto mensaje de Juan León Fandiño, capitán del guardacostas español La Isabela: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve». Jenkins mostraba al mismo tiempo un frasco con alcohol que contenía su propia oreja, amputada por Fandiño como castigo tras apresar el Rebecca en abril de 1731. León Fandiño había actuado conforme a las costumbres de la época y con arreglo al llamado «derecho de visita», que autorizaba a los navíos españoles a interceptar navíos británicos a fin de verificar la carga que portaban y con ello el estricto cumplimiento del Tratado de Sevilla de 1729, por el que los británicos se habían comprometido a no comerciar con las posesiones españolas en América, si no era mediante el denominado «navío de permiso». No obstante, la oposición parlamentaria estimó que el incidente de la oreja de Jenkins constituía una inaceptable ofensa al rey Jorge II y un claro casus belli, por lo que acabaría aprobando, a pesar de la oposición del primer ministro sir Robert Walpole, el envío de tropas a América. Los intereses comerciales en el Caribe, particularmente los de la Compañía de los Mares del Sur, se habían impuesto y Gran Bretaña declaraba formalmente la guerra a España el 19 de octubre de 1739.

 

Tras la destrucción de Puerto Bello (hoy Portobelo, Panamá), el almirante Vernon había fijado su siguiente objetivo en la ciudad de Cartagena de Indias, enclave estratégico en el Caribe, a fin de cortar las comunicaciones entre los virreinatos de Nueva España y Nueva Granada. El clima de euforia que envolvía la opinión pública británica, enardecida por las soflamas del joven parlamentario William Pitt, facilitó la reunión de una de las mayores flotas de guerra jamás vistas en la Historia; Vernon llegó a las costas de Cartagena el 13 de marzo de 1741 con 195 navíos, unos 3.000 cañones, y un contingente formado por 25.000 ingleses, reforzados por 4.000 milicianos más de los Estados Unidos, a cuyo mando se hallaba Lawrence, el hermanastro del Presidente Washington. Por su parte, la plaza española estaba escasamente defendida; apenas contaba con la marinería y la tropa de infantería de marina de los seis únicos navíos de guerra que la protegían, y con menos de 3.000 hombres apoyados por unos 600 indios flecheros, lo que en suma representaba una proporción aproximada de un español por cada diez ingleses. Sin embargo, al mando de este contingente se puso al comandante general Blas de Lezo, cuya lucidez, arrojo y capacidad estratégica resultarían determinantes. Guipuzcoano de nacimiento, se había enrolado de guardiamarina a la temprana edad de diecisiete años y había ido ascendiendo en el escalafón militar gracias a los méritos exhibidos en las operaciones en las que participó. Como resultado de alguna de ellas, Blas de Lezo perdería una pierna (en la batalla de Vélez-Málaga, 1704), un ojo (en el sitio a la fortaleza de Santa Catalina dos años más tarde), y quedaría manco de por vida al recibir un balazo de mosquete en el antebrazo derecho (en el asedio a Barcelona el 11 de septiembre de 1714), lo que le valió el conocido sobrenombre de «Mediohombre».

La entrada por mar a Cartagena de Indias únicamente era posible a través de dos estrechos pasos, el de Bocagrande y el de Bocachica. Consciente de la dificultad de acceder a la bahía, el almirante Vernon ordenó primero bombardear masivamente las fortalezas de la ciudad. Lezo, por su parte, mandó incendiar sus propios buques para entorpecer y retrasar la entrada de los ingleses. Después de más de medio mes de intensos bombardeos, mermadas las tropas españolas, se ordenó un repliegue. Fue entonces cuando el almirante británico, convencido de su victoria, envió una corbeta destino Inglaterra con un mensaje en el que se informaba de su gran victoria sobre los españoles. Tal fue el júbilo británico que se tomó la decisión de acuñar una moneda conmemorativa de la hazaña. En la misma, aparecía grabado Blas de Lezo, genuflexo ante el almirante, junto a la inscripción: «El orgullo español humillado por Vernon».

Sólo quedaba el colofón, tomar el último baluarte español, el castillo de San Felipe, donde aún resistían unos pocos centenares de hombres. Para ello, los ingleses se vieron obligados a dar un rodeo atravesando la selva, lo que provocó cuantiosas muertes por enfermedad. El primer asalto que ordenó Vernon se saldó con millar y medio de bajas en el bando inglés. Para el segundo el almirante mandó portar escalas a fin de sobrepasar las murallas de la fortaleza, pero éstas quedaron cortas porque los hombres de Blas de Lezo habían cavado un foso cerca de los muros para aumentar su altura. La situación de desconcierto fue hábilmente aprovechada por los resistentes, que dieron muerte a cientos de ingleses; la contienda había dado un vuelco. La mañana siguiente Blas de Lezo encabezó una última carga contra los ingleses, que precedería a un cruento combate en el que los escasos seiscientos españoles que aún resistían forzaron la retirada de los soldados de Vernon. Finalmente, ya sin efectivos y con sus navíos atestados de heridos, el orgulloso almirante inglés hubo de desistir y abandonar las aguas de Cartagena de Indias. A su llegada a tierras británicas, Vernon procuró ocultar el deshonroso resultado de la contienda, pero al poco tiempo se descubrió su engaño. La humillación resultó de tal magnitud que el rey Jorge II prohibió cualquier tipo de publicación sobre la batalla.

Es por cuanto he relatado que no me sorprende lo más mínimo que el Centro Nacional de Investigación Medioambiental del Reino Unido (NERC) haya eliminado hace pocos días una iniciativa para que uno de los buques rompehielos de la Royal Navy fuese bautizado como «RSS Blas de Lezo». Fue este mismo organismo el que abrió un proceso de votación a través de la web «Name our ship», y la propuesta favorable al nombre del marino vasco llegó a alcanzar la primera posición. La razón oficial esgrimida por las autoridades ha sido que dicho nombre podría representar una ofensa hacia Inglaterra. La sombra de la prohibición que en su día dictara el rey Jorge II sigue estando presente…

 

Puedo entender la postura británica, pero no logro digerir que en España se condene al olvido, cuando no se denueste, a figuras de la talla de Blas de Lezo. No es, por desgracia, algo insólito, toda vez que ha cristalizado en muchos españoles o una ignorancia inducida o una deformación conscientemente urdida de nuestra Historia. Vivimos en una España que se ve muy fea y se sonroja si se mira en el espejo del pretérito, que se preocupa más por disimular aparentes vergüenzas que por conocer y respetar su herencia, que mendiga aceptación sin aceptarse a sí misma. Vivimos, en definitiva, en una España que no parece querer salirse de la senda del desarraigo encubierto por la autocomplacencia superficial y superflua, en una España a la que acaso convendría recordar aquellas palabras de don Miguel de Unamuno, otro ilustre vasco: «Para llegar, lo mismo un pueblo que un hombre, a conocerse, tiene que estudiar de un modo o de otro su historia. No hay intuición directa de sí mismo que valga; el ojo no se ve si no es con un espejo, y el espejo del hombre moral son sus obras, de que es hijo».

En la actualidad nos topamos, con más frecuencia de la deseada, con otros «medios hombres» que sin reparo son encumbrados, tenidos por mártires de alguna causa espuria, por más que su fuste diste mucho de aquel aguerrido «Mediohombre» del siglo XVIII. Y pongo como ejemplo el muy reciente aluvión de protestas contra el ingreso en prisión de Andrés Bódalo, el edil de Jaén en Común (JeC) condenado por dar una paliza a un teniente alcalde del PSOE y agredir a dos policías locales en el transcurso de una manifestación en septiembre de 2012. Ni siquiera la reincidencia de Bódalo les debe de parecer a sus defensores menoscabo alguno de su integridad como hombre, de su hombría. Cabe recordar que el sujeto en cuestión acumulaba ya dos años por graves altercados durante la huelga general de 2002 y un año por su participación en otros incidentes acaecidos en 2005 ante la Consejería de Agricultura de la Junta de Andalucía. Además, en 2015 se había enfrentado a un juicio de faltas por ocupar una sede de la Junta protestando contra un desahucio, y a otro por altercados en un acto del diputado de Amaiur Sabino Cuadra. Vamos, lo que se dice hoy un héroe…

¡Qué poco tupido tenemos nuestro tamiz de la Historia! ¡Qué poco ecuánimes somos con los hombres… o con los «Mediohombre»!

 

 

Francisco Javier Fernández Curtiella.

 

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