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Ni dioses ni patrias

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Si no fuera porque no creo en dioses, felicitaría a mis paisanos conquenses por el empeño que ponen y su masiva participación en la Semana Santa de cada año.

Si no fuera porque no creo en patrias, también felicitaría a mis amigos catalanes por lo mismo en la Diada de cada año.

Admiro la ilusión que los hermanos de las cofradías conquenses ponen para hacer que sus procesiones sean cada vez más lucidas y más participativas. Y admiro, especialmente, el esfuerzo que tantas personas hacen durante todo el año para lograr el éxito del evento.

 

Admiro también la ilusión que muchos catalanes ponen cuando defienden su idea de patria. Y admiro, especialmente, el esfuerzo que tantas personas hacen durante todo el año para lograr el éxito procesional de la Diada de los 11 de septiembre.

En Cuenca jamás hemos visto una participación popular que mueva a más personas que las que salen a la calle, tras sus imágenes, en los ocho días que van del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección.

En Cataluña –salvando quizás los movimientos obreros del primer tercio del siglo pasado- tampoco han conocido acontecimiento popular que mueva a más personas que las que participan en la Diada de Barcelona con la imagen de la bandera estelada.

Tanto esfuerzo se emplea en Cuenca para que la tradición semanasantera sea un éxito que, exhausta la población, no le quedan fuerzas para hacer valer el derecho a un progreso en empleo, sanidad, educación, servicios sociales, repoblación, etc.

Tanto esfuerzo se emplea en Cataluña para alimentar el hecho diferencial que, exhausta la población, no le quedan fuerzas para decirle a sus gobernantes que, año tras año, están perdiendo derechos en empleo, sanidad, educación y servicios sociales. Y que culturalmente son unos pueblerinos.

Históricamente -y también ahora- sabemos de sobra que justo estos dos fanatismos emocionales -que no ideológicos-, patria y religión, han sido y son la razón por la que los gobernantes de siempre han enredado a las personas para que ofrezcan su esfuerzo y muchas veces su vida.

No diré que ahora en Cuenca la Semana Santa católica sea un elemento de crispación. Ahora no, en absoluto. La ciudad clerical de antaño, tal vez.

No diré tampoco que la persistencia en el nacionalismo catalán vaya a llevar a nadie a una confrontación, aunque sí sirve todavía para calentar la crispación.

Pero sí diré que son ambos, dioses y patrias, elementos de domesticación de las personas: la energía dedicada a ilusiones emocionales es fuerza que se resta de otros conflictos reivindicativos.

Y esto se sabe hasta en los cuentos o chistes populares. Seguro que conocen ustedes ese de lo que le dice la criada al señorito: si jodo no barro.

 

Joaquín Esteban Cava

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