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Cura enamorado

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Soy sacerdote e imparto mi ministerio con la misma fe con la que ingresé en el seminario, pero estoy enamorado. Y duermo con mi pareja. Un día tendré que salir del armario, si me atrevo, y explicarlo en el púlpito; o si no me iré de puntillas.

De momento escribo estas líneas seudónimas para vomitar mi represión. La Iglesia católica a la que obedezco y respeto me exige que no me case: osea, me obliga a que sea célibe pero no me pide voto de castidad, ni yo lo ofrecí nunca.

La confusión con la que vivimos los de mi oficio, porque la Iglesia nunca explicó con claridad la diferencia entre castidad y celibato hace que la feligresía crea que estamos exentos de afectos y pasiones. Nada más separado de la realidad. Conozco a muchos compañeros curas y hasta a algunos obispos que hacen la misma vida de pareja que yo, solo que los citamos, aún hoy, de amas de llaves, tías, sobrinas, asistentas, diáconos y no sé qué mentiras pecaminosas más. Y no digamos la de sobrinos o ahijados que el clero no reconoce como hijos por estos prejuicios.

El Papa Francisco es aire fresco que permite revisar los tabús atávicos que nos condenan a la imagen hipócrita que mantenemos. Es momento propicio para que la jerarquía eclesiástica empiece a deshacer el nudo que nos asfixia a los sacerdotes. Pero si no se hace pronto algunos tendremos que elegir entre ser sinceros con nuestros parroquianos o, frustrados, dejar los hábitos y ser coherentes con nuestra conciencia, algo que tantos otros compañeros hicieron antes.

Joaquín

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