Por la naturaleza de la competición, la Fórmula 1 siempre ha tenido un ‘farolillo rojo’. Ese equipo excesivamente lento, a veces por incompetencia, a veces por falta de dinero, y casi siempre por las dos cosas a la vez. En 1992, Andrea Moda fue justo eso pero elevado al máximo, en gran parte por una improvisación constante y un coche más que mediocre.
Del taller heredado al caos de cada viernes
La operación Andrea Moda arrancó con una base muy frágil. El equipo Coloni llevaba muchos años sufriendo para clasificar y terminar carreras, lo que le llevó a la venta en septiembre de 1991. Andressa Sassetti decidió tomar esa estructura, rebautizarla como Andrea Moda Formula y correr en 1992 con unos recursos limitadísimos y unos tiempos que no cuadraban. En la teoría, era un nuevo comienzo. ¿La realidad? Heredó muchos problemas, una escasez casi total de personal y la reputación de un equipo que deambulaba por el fondo de la parrilla.
El golpe inicial llegó en Sudáfrica. La FIA consideró que Andrea Moda tenía que cumplir con los requisitos propios de un equipo nuevo y lo declaró inelegible por no completar la inscripción, quedando fuera de unas bet en las que tampoco iban a apuntar demasiado alto. En México consiguieron tener el material en boxes, pero los coches no estaban listos para rodar. Alex Caffi y Enrico Bertaggia, los primeros pilotos que contrató la escudería, se cansaron de la desorganización y abandonaron el equipo. Entraron Roberto Moreno, habitual salvador de equipos de la parte de atrás, y Perry McCarthy para sostener una temporada que ya parecía imposible.
Pero lo peor era la rutina. McCarthy describió incendios al arrancar, coches que se apagaban nada más salir del pitlane y sesiones arruinadas por fallos básicos. Andrea Moda era lento, pero también totalmente incompetente. Mientras los equipos podían luchar por encontrar milésimas, la lucha de los italianos era dar vueltas.
El contexto de la Fórmula 1 de la época tampoco ayudaba. Por entonces, la preclasificación del viernes castigaba a las escuderías más frágiles. Si no tenías la suficiente velocidad desde que llegabas al circuito, el fin de semana se había acabado antes de dar una sola vuelta de sesión oficial. Y ahí se quedó Andrea Moda: demasiado débil y desordenada para reinventarse carrera a carrera.
Mónaco: once vueltas para la eternidad, y nada más
Pero un día se alinearon los astros… gracias a, como decíamos, un piloto excepcional. En Mónaco 1992, Roberto Moreno consiguió superar la preclasificación y meter al Andrea Moda en la parrilla, 26.º y último. Una sorpresa para las apuestas, pero que en una prueba como la monegasca, podía dar lugar a un resultado inesperado si la carrera se sumaba en el caos. ¿Y por qué destacó tanto? Porque fue la única vez que el equipo pudo participar en un Gran Premio de Fórmula 1.
La experiencia duró poco para Andrea Moda. El S921 no fue capaz de superar la vuelta 12. Las once vueltas anteriores fueron historia para el equipo italiano, ya que después volvieron a su rutina: intentos fallidos, exclusiones y problemas de fiabilidad.
El final llegó en Bélgica, cuando Sassetti fue detenido en el paddock por un caso de facturas falsas. Poco después, la FIA expulsó al equipo del campeonato por desprestigiar la Fórmula 1. En Monza, el Gran Premio de casa, trataron de reaparecer, pero fueron rechazados en la misma entrada al paddock. Así se cerró la historia: corta, caótica y tan extrema que todavía hoy funciona como medida del fracaso en la máxima categoría.
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