Hoy en día, al hablar de patria, es importante insistir en dos puntos. Por un lado, hay que apuntar a la defensa de los servicios públicos y los bienes comunes desde el enfoque de la solidaridad, de la dignidad de las personas, del reparto de la riqueza, de la igualdad, de la conservación del medio ambiente y del respeto a las generaciones futuras. Por otro, conviene subrayar la defensa de lo público frente a la apropiación de lo común que realizan unas élites privilegiadas. Se trata de acabar con las oligarquías, la subordinación a los poderes económicos, la falta de independencia judicial, las puertas giratorias, los sobornos, el fraude y las prebendas fiscales, el nepotismo, el clientelismo, el caciquismo o cualquier otra forma de opacidad institucional malintencionada.
La defensa de lo público en estos dos sentidos supone preocuparse por la comunidad como red de encuentros que nos nutre y nos hace crecer, que nos vincula en el espacio y el tiempo y nos abre a nuevas conexiones. Conlleva proteger el apoyo mutuo que sostiene la vida en común.
Es de reseñar que, en medio del sufrimiento que ha traído la crisis, haya brotado un sentimiento de solidaridad sin el que hoy no tiene sentido ninguna idea decente de país. Este sentimiento exige un rescate ciudadano, que la gente pueda vivir con dignidad, sin pasar hambre ni frío, con una vivienda en la que cobijarse, que tenga sanidad y educación, que pueda ser atendida cuando lo necesita y pueda desarrollarse culturalmente.
Y es igualmente significativo que, junto a este afecto colectivo, haya surgido el clamor de que los representantes políticos y las personas que ocupan cargos públicos no sean una casta por encima del pueblo, no tengan privilegios ni comportamientos de carácter mafioso. Para ello, han de estar sometidos a un código ético, a una limitación de salarios y permanencias, a rendir cuentas y a toda una serie de normas que impidan las diversas formas de corrupción. Además, las campañas electorales deben ser austeras y no financiarse a través de créditos bancarios.
Ahora bien, si la defensa de lo público llega, en nuestros días, a la raíz de la comunidad, no conviene identificar de forma simple lo público con lo estatal. Lo estatal puede ser o no, puede ser más o menos, democrático. Lo público, aquello que es del pueblo y para el pueblo, sólo se hace justicia a sí mismo en un país plenamente democrático o, al menos, si evitamos ser tan rotundos, en un país que mantiene vivo su proceso de democratización. Lo público, para ser tal, debe tender al cuidado de los lazos colectivos, a la solidaridad y a la democracia. Lo público es el empeño por tejer lo común que da vida a a la comunidad. Por eso, hoy en día, al hablar de patria, es importante insistir, no en forzar un marco estatal u otro, sino en tejer lo común.
Aurelio Sainz