Cuenca

La Vera Cruz vuelve a sobrecoger a Cuenca en un Lunes Santo de silencio, fe y emoción

(Foto: Sergio Valverde).
Redacción | Martes 31 de marzo de 2026

La procesión de la Vera Cruz volvió a llenar de silencio y emoción las calles de Cuenca en la noche del Lunes Santo, con una participación masiva y un recorrido marcado por la reflexión en torno a las Siete Palabras.



La noche del Lunes Santo en Cuenca volvió a tener un nombre propio: la Vera Cruz. La Muy Ilustre y Venerable Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo de la Vera Cruz protagonizó una de las procesiones más intensas y recogidas de la Semana Santa conquense, en una jornada que, desde horas antes, ya anticipaba una gran participación. La Plaza Mayor se llenó para la misa preparatoria, reflejo de la devoción que después se trasladaría a las calles en un desfile que volvió a destacar por su elegancia y solemnidad.

Pasadas las 21:30 horas, el Santísimo Cristo de la Vera Cruz abandonó la Catedral a hombros de sus banceros en un momento de gran impacto, envuelto en el silencio de una Plaza Mayor abarrotada. A partir de ahí, Cuenca se sumergió en una noche marcada por la reflexión en torno a las Siete Palabras, eje espiritual de una procesión que avanza con ritmo ágil pero profundo, invitando al recogimiento.

El recorrido dejó imágenes de gran belleza, desde el paso por Alfonso VIII y Andrés de Cabrera hasta la estrechez simbólica de la calle del Peso, donde el silencio se hizo aún más palpable. La ciudad acompañó con respeto un cortejo muy nutrido, que mantuvo largas filas durante todo el itinerario, consolidando esta procesión como una de las más participativas de los últimos años.

Las meditaciones, repartidas en distintos templos, conectaron el mensaje de la Pasión con realidades actuales como el sufrimiento, la soledad o la falta de humanidad, invitando a los asistentes a una reflexión íntima. En este camino, la música del Coro de Cámara Alonso Lobo volvió a ser fundamental, poniendo voz a cada momento con interpretaciones que reforzaron la atmósfera de recogimiento, especialmente en instantes tan señalados como la salida o los diferentes puntos de predicación.

No faltaron los elementos más característicos de la hermandad, como la bendición de la rosa en recuerdo de los hermanos difuntos o la presencia del manojo de cardos a los pies de la imagen, símbolos que forman parte de la identidad de la Vera Cruz y que, un año más, cobraron especial significado.

El tramo final del recorrido mantuvo la intensidad vivida durante toda la noche, con una ciudad volcada que acompañó al Señor hasta su llegada a San Esteban, ya entrada la madrugada. Allí, en un ambiente más íntimo, la procesión encontró su cierre con el tradicional miserere, poniendo el broche a una jornada que volvió a demostrar por qué la Vera Cruz es, para muchos, el corazón del Lunes Santo conquense: un camino de fe compartida que invita, año tras año, a mirar hacia dentro.

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