Artículos de Opinión

El lince y la W: una incongruencia innecesaria

Martes 28 de abril de 2026

Hay decisiones de las Administraciones públicas que lo dejan a uno sumido en una cierta perplejidad. Es lo que me ha ocurrido a mí tras la lectura de una reciente noticia publicada en los medios locales según la cual el Gobierno regional ha dado los nombres muy poco ibéricos de West (“Oeste”) y Win (“Ganar” o “Victoria”) a dos ejemplares de lince que ha soltado en los últimos días en tierras manchegas. A los animales, como es obvio, les habrá dado igual cómo los hayan llamado —bastante tienen con buscar alimento, reproducirse y evitar las trampas que les tienden nuestras carreteras—, y también desde un punto de vista estrictamente biológico esos nombres resultan irrelevantes. Pero a algunos seres humanos, entre los que me cuento, nos cuesta un poco no advertir cierta ironía torpemente simbólica, aunque quiero pensar que involuntaria, en el hecho de que dos ejemplares de la que para algunos es la especie más emblemática de la fauna peninsular lleven nombres más propios de un mapache americano que de un felino de Sierra Morena.

La explicación oficial ha sido de una pulcritud aparentemente irreprochable: para dar nombre a los animales que la Administración libera en la naturaleza se utiliza el sistema de letras anuales, que permite un mejor seguimiento de los ejemplares y facilita su identificación. Este año tocaba la W, de modo que todos los linces liberados en 2026 deben llevar nombres que empiecen por esa letra. Nada que objetar salvo que ese modo de proceder sólo es un criterio técnico, no la tabla de los diez mandamientos. Cuando un procedimiento administrativo entra en conflicto con un elemento simbólico, y el lince lo es, lo razonable habría sido adaptar el procedimiento, no sacrificar la coherencia cultural. Además, existían alternativas viables que habrían permitido mantenerla: se podía haber recurrido, por ejemplo, a nombres históricos o vernáculos que admiten grafías con W, como Wamba o como Wadi (a partir del elemento wad-, presente en la denominación de muchos de nuestros ríos); también se habría podido mantener la W como código interno, pero asignando a los animales públicamente nombres más acordes con el adjetivo que los distingue; en último término, cabría haber introducido excepciones puntuales al sistema cuando la letra asignada no permite opciones autóctonas razonables. Cualquier cosa, en fin, menos caer en la incongruencia de que un animal que habita las sierras de la Península desde hace miles de años lleve nombres que parecen sacados de una marca de zapatillas o de una camiseta de la NBA.

Sé que éste es un asunto menor, especialmente en un momento como el actual en el que convivimos con problemas sociales, políticos y geoestratégicos de una enorme gravedad, pero también las cuestiones menores merecen nuestra atención. El lince ibérico —lo decíamos un poco más arriba— es un animal emblemático y altamente representativo de nuestro patrimonio natural, que es lo mismo que decir de nuestro patrimonio cultural; en nuestros días no sólo simboliza como ningún otro la fauna exclusiva de la Península, sino que encarna también el esfuerzo colectivo por salvar una especie al borde de la extinción; en zonas como Andalucía, la Mancha o Extremadura mantiene además un fuerte vínculo emocional con los habitantes de las zonas rurales. Dar los nombres de West y Win a dos ejemplares de lince ibérico no es un drama, por supuesto, pero constituye un síntoma claro de nuestra tendencia a relegar lo propio y de la facilidad con que sucumbimos sin ninguna necesidad a la presión cultural del inglés.

José Antonio Silva Herranz

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