En un ejercicio de sinceridad tan significativo como poco habitual, Isidoro Gómez Cavero reconoció hace unos meses ante los periodistas que “la ciudad está hecha un desastre”. Si no recuerdo mal, el por entonces todavía teniente de alcalde del Ayuntamiento de Cuenca se refería con esas palabras a la falta de accesibilidad de algunas zonas del casco urbano, intransitables para personas con movilidad reducida, pero a muchos conquenses nos resultó inevitable interpretar su afirmación como referida, en un sentido más amplio, al estado general de la ciudad.
No faltan motivos para que así fuera. La percepción de que Cuenca está abandonada y sufre las consecuencias de una gestión insuficiente y una falta de atención continuada está ampliamente extendida y no es infundada. Se basa en hechos tan evidentes como la incapacidad del Ayuntamiento para resolver cuestiones que llevan años pendientes, como la falta de unas instalaciones adecuadas para el archivo municipal, el estado del edificio del mercado, las deficiencias en el servicio de autobús urbano o el destino que algún día habrá que dar al denominado Bosque de Acero si se quiere dignificar su entorno, por citar solo unos pocos ejemplos que cualquier vecino reconocerá.
Pero no son únicamente los grandes asuntos los que revelan el deterioro de la gestión. La falta de supervisión y de respuesta se manifiesta también en los detalles cotidianos, en incidencias menores que deberían solucionarse con rapidez y que, sin embargo, se atienden mal o permanecen sin resolver durante semanas, meses e incluso años. Es en esas cuestiones aparentemente menores donde se aprecia con más claridad que los servicios municipales no están funcionando como deberían.
Hace unos días, por ejemplo, durante uno de los cortes de agua que los conquenses hemos sufrido recientemente, el servicio municipal correspondiente informó de que la interrupción del suministro afectaría a toda la ciudad excepto al barrio de Tiradores y al casco antiguo. En este último, sin embargo, la zona de la Puerta de San Juan se quedó sin agua durante horas, para sorpresa de unos vecinos que no habían sido informados correctamente. Ni la comunicación ni la coordinación interna funcionaron, al parecer, como sería exigible.
Otro ejemplo: junto a la entrada de la Audiencia Provincial, en la calle Palafox, una losa permanece levantada en la acera desde poco después de Semana Santa, “protegida” por una valla que obliga a los peatones a caminar unos metros por la calzada. Durante todo ese tiempo nadie ha procedido a reparar un problema que no requiere una actuación compleja ni una intervención estructural: se trata simplemente de una acera rota que podría arreglarse en unos pocos minutos.
No muy lejos de allí, junto a la fuente del puente de la Trinidad, apenas quedan tres o cuatro bolardos dispersos de los muchos que se colocaron en su día para evitar que los coches invadieran el espacio peatonal. En este caso no hablamos de meses, sino de años sin que se haya actuado, a pesar de la sensación de dejadez y abandono que produce la contemplación de los pocos bolardos que quedan en pie. Alcalde, concejales y responsables municipales pasan por allí a diario en su camino hacia el Ayuntamiento, en algunos casos varias veces, sin que nadie se haya sentido concernido hasta ahora.
Son solo tres ejemplos aparentemente menores, pero reveladores. Cualquier vecino de la ciudad podría añadir otros tantos que encuentra en su entorno cotidiano y que confirmarían la misma impresión: incidencias pequeñas que no requieren grandes inversiones ni dependen de proyectos estratégicos, sino que sólo exigen gestión atenta, supervisión constante y capacidad de respuesta. Aun así, ahí siguen, sin resolverse. La conclusión es inevitable: cuando una ciudad no es capaz de atender ni lo grande ni lo pequeño, lo que falla no es un servicio concreto, sino el funcionamiento general de su Ayuntamiento. Cuenca necesita muchas cosas, algunas de ellas muy difíciles de conseguir; en los problemas de los que aquí hablamos, sin embargo, nos conformaríamos con algo muy básico y sencillo: una Administración atenta que observe y actúe para cuidar de lo que ya tenemos. ¿Pedimos demasiado?
José Antonio Silva