La Capilla del Espíritu Santo de la Catedral de Cuenca acogió anoche Senhers crozats, sirventès us farai!, una propuesta en la que Brice Duisit recuperó los sirventeses de los trovadores que vivieron la Cruzada contra los cátaros, combinando voz, fídula y una marcada capacidad narrativa para acercar al público unas canciones de crítica, dolor y denuncia escritas hace más de ocho siglos.
La Edad Media dejó anoche de ser una página distante de la historia para cobrar vida en la Catedral de Cuenca. La Capilla del Espíritu Santo acogió Senhers crozats, sirventès us farai!, una propuesta en la que Brice Duisit recuperó la voz de los trovadores medievales a través de un concierto marcado por la narración, la teatralidad y la expresividad.
El programa estuvo dedicado a los sirventeses, canciones de crítica compuestas por trovadores que vivieron de cerca la Cruzada contra los cátaros y que utilizaron sus versos para denunciar la violencia, las ambiciones políticas, las traiciones y la destrucción de Occitania. Textos concebidos hace más de ocho siglos para intervenir en la realidad de su tiempo volvieron a adquirir capacidad de comunicación ante el público conquense.
Uno de los elementos centrales de la interpretación de Duisit fue su capacidad narrativa. El músico no se limitó a cantar los textos, sino que los convirtió en relatos mediante los gestos, las expresiones del rostro, las modulaciones de la voz y los continuos cambios de intensidad.
Cada una de las piezas adquirió así un carácter propio, en una interpretación situada a medio camino entre el canto, la narración y la actuación. La intención de cada palabra y la expresividad del intérprete permitieron acercar al público unas historias separadas del presente por más de ocho siglos.
La voz fue uno de los principales vehículos de esta propuesta. A lo largo del concierto se sucedieron momentos de gran potencia, en los que el canto adquirió un carácter vehemente, con otros de mayor delicadeza.
Especialmente destacado fue el lamento por la muerte de Trencavel, un episodio que simbolizó el final de las esperanzas de independencia de Occitania. Duisit transmitió el dolor y la pérdida contenidos en el texto mediante una interpretación en la que la emoción surgió de las propias palabras y de la manera de trasladarlas al escenario.
La fídula tuvo igualmente un papel protagonista. Duisit recurrió a ella con un marcado carácter rítmico y retórico, construyendo bordones, patrones y ostinatos sobre los que se apoyaba la voz. Más allá de ejercer como acompañamiento melódico, el instrumento proporcionó un pulso diferente a cada relato y contribuyó a definir el carácter de las distintas piezas.
La riqueza sonora aumentó en los momentos compartidos con Cristina Alís Raurich al organetto. El instrumento mostró diferentes posibilidades tímbricas y expresivas que completaron el universo sonoro planteado durante la actuación.
El concierto tenía como objetivo recuperar la fuerza comunicativa de una poesía medieval concebida no como una pieza de museo, sino como una herramienta para contar, denunciar y expresar los acontecimientos de su época. Para ello, Duisit puso al servicio de la interpretación su conocimiento de la tradición y décadas de trabajo con el repertorio trovadoresco.
La respuesta del público acompañó el desarrollo de una actuación en la que el silencio y la atención fueron especialmente perceptibles durante algunos de los momentos de mayor carga emocional. La última pieza provocó una reacción particularmente intensa y puso el cierre a un recorrido por la denuncia, la memoria, el dolor y la crítica.
La actuación permitió así recuperar en Cuenca unas voces surgidas hace más de ocho siglos. A través de la música, la palabra y la interpretación de Brice Duisit, las historias de aquellos trovadores volvieron a hacerse presentes en la Capilla del Espíritu Santo de la Catedral.