Opinión

En la intimidad del capirote

Redacción | Sábado 30 de abril de 2011

Como cada año, terminada una Cuaresma cuyos preceptos son cada vez menos observados por una gran mayoría de católicos no practicantes próximos al teísmo o incluso al deísmo, la Semana Santa conquense ha reproducido las habituales estampas que dan a la ciudad una celebridad que se traduce en la llegada de grandes masas de visitantes que gustan tanto del silencio y recogimiento de algunas procesiones, como de la ceremonia que con nocturnidad y generosas cantidades de alcohol recorre las calles de la ciudad la noche del Jueves Santo.


Con las calles cortadas por los representantes de nuestro aconfesional Estado, las imágenes de grandes escultores como Luis Marco, han sido llevadas en volandas por cofrades y hermanos, veteranos y noveles, que no han regateado esfuerzos para que unas procesiones declaradas de Interés Turístico Internacional, lucieran en todo su esplendor.



 


Lejos, casi cinco siglos nos separan, queda ya el gran impulso que estos tradicionales acontecimientos recibieron por el Concilio de Trento, que trataba de frenar la ofensiva de los heresiarcas luteranos. Imágenes de bulto y milagros se arracimaron alrededor de unas deliberaciones en las que tuvo gran relevancia el vehemente teólogo taranconero Melchor Cano.


Hoy, no son los errores de Lutero los que amenazan a la Iglesia Católica, sino una oleada laicista y anticlerical que arremete con virulencia sobre una organización que ha renunciado a defenderse de una de sus principales herejías, la mahometana. A esta pasividad, disimulada frecuentemente bajo el llamado diálogo entre religiones, contribuye una acción política tendente a borrar especificidades religiosas, que pretende relegar las cuestiones de fe al ámbito de lo personal.


Sin embargo, quienes a tales argumentos se acogen, incurren en contradicciones de difícil resolución. Si la religión debe circunscribirse a la esfera individual, ¿qué sentido tiene paralizar una ciudad para que unas imágenes la recorran?¿por qué excluir el nutritivo cerdo de los menús escolares?


Tan graves obstáculos para mantener esta forzada perspectiva en torno a las relaciones política-religión, quedan aparcados estos días. Eludiendo un debate que se podrá retomar más tarde, los cofrades podrán seguir siendo de derechas o izquierdas en la intimidad de sus capirotes, del mismo modo que otros, también a mediados de abril y con grandes dosis de nostalgia de un pasado tricolor aplastado por la bota militar, mantienen intacta la virtud teologal de la esperanza. Esa que les permite confiar en el siempre aplazado regreso de aquellos días. Mientras tanto, al igual que ocurre con los costaleros, podrán sostener su íntimo fervor viviendo como discretos criptorrepublicanos en el interior, no de un cucurucho, sino de nuestra democracia coronada.

 

Iván Vélez