Opinión

Cuenca, reserva de la biosfera

Redacción | Miércoles 21 de diciembre de 2011

Por motivos que no hacen al caso, hace casi diez años que empecé a escribir, indagar, pensar sobre las causas del subdesarrollo  de la provincia de Cuenca en términos socioeconómicos, también, gracias a mi buen amigo Joaquín, lo he hecho desde estas mismas páginas, y lo vuelvo a hacer ahora.

Y lo cierto es que, con el correr de los años, ya no me parece pertinente la pregunta de cuáles son las causas y las posibles soluciones para esa ausencia de un progreso social  y económico equivalente al de la mayoría de territorios del solar patrio. Y como sabido es que la formulación de las preguntas adecuadas es la antesala del conocimiento y comprensión de la realidad, pienso que lo que corresponde ahora es preguntar cuántos años más son necesarios para que una parte importante de la provincia desaparezca literalmente, eso sí, entre ríos de tinta y caudales de buenas palabras de las autoridades e instancias oficiales llamadas en teoría a poner remedio y solución a este estado de cosas.





Corren tiempos de verdades incómodas que permanecían ocultas y que, por mor de la situación de crisis, se escapan a un discurso oficial que no es ya capaz de ofrecer una explicación razonable a una realidad descarnada que nos asalta, día si, día también.

Ahora resulta que la prosperidad y la bonanza en progresión imparable era una quimera, ahora resulta que la Unión Europea funciona solo cuando las cosas van bien, ahora resulta que nadie reconoce la paternidad de este invento del estado de las autonomías en nuestro país, ahora resulta que las leyes son para los indefensos y que el sistema financiero funciona en situación de virtual desregulación, ahora resulta que la mejor forma de robar un banco es tener uno, ahora resulta que muchas cajas de ahorro, más que obra social eran un peligro social.

Pues esa verdad incómoda de Cuenca es que esta provincia no se ha movido un ápice de la situación de retroceso socioeconómico que ha marcado su historia reciente. Resulta que el trasvase Tajo-Segura era bueno en dictadura y también en democracia. Resulta que la Constitución, que exige el equilibrio entre territorios como prerrequisito de la igualdad de oportunidades y condiciones de vida para todos los españoles, es papel mojado en los territorios que siguen olvidados en la España profunda, que lo sigue siendo. Ahora resulta que el estado de las autonomías, llamado a fomentar una convergencia real entre los distintos territorios, un mejor reparto de la riqueza que el centralismo en teoría obstaculizaba, ha resultado baldío en el propósito, porque la distancia en niveles de desarrollo, prosperidad y oportunidades entre Cuenca y Madrid, por poner un ejemplo, lejos de disminuir, ha aumentado.
Y tan es así que, insisto, ahora el problema es determinar qué parte de la provincia va a desaparecer en los próximos años.  
Envejecimiento y disminución de la población, densidades de población siberianas en algunos territorios de la provincia, son datos objetivos e incontestables, el resto es propaganda, y ese afán tan característico de los poderes públicos de ocultar las realidades incómodas que no saben, no quieren o no pueden subsanar. Pero lo cierto es que Cuenca está en trámite de extinción parcial.

La disminución de población y su correlato en forma de envejecimiento es la salida natural para territorios que no ofrecen a sus habitantes las mínimas oportunidades de desarrollo personal o profesional. Por eso los jóvenes se siguen marchando de Cuenca.

Entre 1940 y 2009 la población española pasó de algo más de 26 millones de personas a casi 47 millones, la de Castilla-La Mancha creció levemente por encima de los 2 millones y la de Cuenca calló de 340.898 a 217.363.

Para el mismo periodo, la densidad de población pasó a nivel nacional de un 51.88 a un 92.39, mientras la regional pasaba de un 24.66 a un 26.19 y la de Cuenca se descolgaba de un 19.89 a un 12.68.
El dato devastador, el que anuncia para quien quiera verlo la desaparición a medio plazo de una parte importante de las localidades de la provincia, es el crecimiento vegetativo, que en Cuenca es decrecimiento porque ofrece, a diferencia del resto del país y de la región, cifras negativas, y así, en año 2007 el número de defunciones superó en 654 al de nacimientos, y en el año 2008 lo hizo en 517.

La crisis nos ha traído una inesperada polémica en torno a la viabilidad de Ayuntamientos en localidades con pocos habitantes, incluso de las Diputaciones. En lo que aquí nos ocupa, conviene reseñar que los parámetros técnicos que se manejan en Europa, hablan de Ayuntamientos con un mínimo de 1000 habitantes y Diputaciones o entidades equivalentes con un mínimo de 300.000 habitantes.

Técnicamente por tanto, esta provincia no tiene entidad suficiente para existir de forma independiente, igual que un 84% de sus 238 localidades, que cuentan con menos de 1.000 habitantes.

Esta lamentable condición de territorio olvidado y abandonado a su suerte no es por desgracia privativa de Cuenca, de hecho tenemos compañeros de viaje muy cercanos en las provincias de Guadalajara y Teruel, flaco consuelo por otra parte.

Entiendo por tanto que pasó ya el tiempo de analizar las posibilidades de desarrollo económico, o los sectores que podrían protagonizarlo, no es el momento de recordar el daño infligido a Cuenca por un trasvase que expropia agua y territorio sin compensaciones a cambio,  ni de lamentar cómo la lenta decadencia del ferrocarril convencional ha herido de muerte las posibilidades de desarrollo de Cuenca, impidiendo la vertebración de un territorio invertebrado.

Es momento de tomar conciencia de la gravedad de la situación y, como consecuencia, exigir de las administraciones e instituciones las actuaciones de emergencia para fijar la población de Cuenca, de lo contrario esta extensa y hermosa provincia terminará convertida en reserva de la biosfera, y el conquense en especie en peligro de extinción.

 

 

 

Jesús Neira Guzmán



Artículo publicado en la revista “Mansiegona"