Artículos de Opinión

Arte rupestre en Cuenca

Redacción | Martes 04 de septiembre de 2012

Cuenca cuenta con más de una notable muestra de «arte prehistórico». Particularmente interesantes son –a nuestro entender- las pinturas de Villar del Humo. En varios abrigos naturales nuestros antepasados representaron los animales que les rodeaban.



 

Unos animales a los que cazaban, pero a los que también temían. Un documental de estreno reciente (La cueva de los sueños olvidados, rodado por el venerable Herzog) ha devuelto su actualidad a un viejo interrogante: ¿por qué realizaron los hombres prehistóricos estas pinturas? Dos son, simplificando, las respuestas que se han dado. Por un lado, la interpretación artística. Las pinturas rupestres constituirían la primera manifestación «artística» de la especie humana. Las primeras obras de arte realizadas por humanos. El arte más antiguo de la Humanidad. Pero, entonces, ¿por qué decoraron las cuevas en recovecos oscuros y profundos? ¿Por qué pintaron procesiones de animales que sólo podían ser contempladas a la luz de antorchas? La interpretación alternativa asigna una función mágico-religiosa a estas series de pinturas. Los hombres primitivos estarían dibujando los númenes animales (bisontes, caballos, etc.) que día tras día les envolvían, dentro de una suerte de ritual mágico-religioso relacionado con la protección o la caza. Esta es la postura, por ejemplo, del filósofo Gustavo Bueno en su libro El animal divino. A su juicio, los hombres hicieron los dioses a imagen y semejanza de los animales. Una tesis fácilmente verificable en la posterior religión egipcia, poblada de dioses con forma animal, de bueyes, chacales y escarabajos.

Desde esta perspectiva hay una antigua película que resulta ser todo un ejemplo de «cine religioso», por cuanto explica por qué los hombres del paleolítico pintaron caballos como los que aparecen en las peñas de Villar del Humo. Se trata de Equus. El filme, de 1977, dirigido por el no hace mucho fallecido Sidney Lumet (director de grandes películas como el clásico Asesinato en el Orient Express o la nihilista Antes de que el diablo sepa que has muerto) está basado en la obra de teatro homónima de Peter Shaffer, de 1973, quien también se encarga del guión.

La trama, basada en hechos reales, gira en torno al tratamiento que un veterano psiquiatra –magníficamente interpretado por Richard Burton- hace de un joven adolescente ingresado en su clínica. El chico, que padece múltiples trastornos conductuales y verbales, ha sufrido una fuerte crisis psicótica durante la cual ha cegado a seis caballos en el hipódromo en que trabajaba. Les sacó, literalmente, los ojos empleando una suerte de guadaña.

La película queda planteada como una historia detectivesca de psicoanálisis, en que el psiquiatra va desentrañando poco a poco los motivos ocultos que llevaron al joven a cometer su acto de tortura. La familia, de estricto puritanismo, está formada únicamente por la madre, profundamente religiosa, y el padre, secretamente obsesionado por el sexo que la frígida madre no consiente en tener. La represión sexual que el chico ha sufrido desde la infancia ha degenerado, por casualidad, en una extraña fascinación sexual por los caballos. De pequeño, el único momento en que consiguió librarse de la represora tutela de los padres fue cuando, paseando por la playa, un jinete le subió a lomos de su caballo y le hizo galopar. El chico sintió, en ese momento, una mezcla de liberación y excitación sexual, que quedarían por siempre unidas en su desarrollo personal.

Pero la fascinación sexual por los equinos oculta, según va descubriendo el psiquiatra, algo más: una fascinación religiosa. Ya adolescente, el joven entra a trabajar en una cuadra –cuya semejanza con una catedral el protagonista no deja de anotar-, donde limpia los caballos y de noche, a escondidas, los saca a pasear por el campo, mientras él –completamente desnudo- se abraza o se postra ante ellos. La relación numinosa que mantiene con estos animales divinos llega al punto en que cambia el póster de un Jesucristo agónico que tiene en su habitación por otro en que aparece un caballo embridado y sudando al límite de sus fuerzas, ante el que rezará y se arrodillará por las noches. Equus nuestro, que estás en los cielos…

El conflicto estalla cuando una chica que también trabaja en la cuadra se interesa por él. Ella le acosa para salir y una tarde logra que vayan juntos a ver una película pornográfica en un cine X, donde -¡oh, casualidad!- se encuentran con el padre del chico.

Tras el tenso y patético encuentro, ambos deciden ir al pajar situado encima de la cuadra con los caballos. Allí se desnudan y comienzan a retozar. Pero el joven es incapaz de realizar el acto sexual e interpreta su impotentia coeundi como un castigo divino, por haber traicionado su fidelidad a Equus con la chica. Entonces, colérico, coge una especie de hoz o guadaña y la emprende con los ojos de los caballos, que han visto su pecado y cuya mirada culpabilizadora no soporta.

El misterio de esta estupenda película religiosa queda resuelto. Y con ello se apagan los ecos de ese distante tiempo en que los caballos eran dioses…

 

Carlos Madrid Casado