Ya existían cuando faltaban todavía siglos para que apareciera el primero de los coches que hoy en día inundan nuestras ciudades, y que sin embargo pueden ser nuestros aliados a la hora de huir de ellas en busca de la paz que nos transmiten estos gigantes vegetales. Un catálogo publicado recientemente en el que se recogen las coníferas monumentales del Sistema Ibérico Meridional confirma que Cuenca atesora una importantísima riqueza forestal en árboles monumentales. De los 228 ejemplares de coníferas de más de un metro de diámetro de tronco y 13 metros de altura recogidos en el libro (que incluye también las provincias de Valencia, Castellón, Teruel y sur de la de Tarragona) 38 árboles se hallan en nuestra provincia, lo que representa casi el 20% del total.
Merced a una intensa labor de campo llevada a cabo durante diez años, Gonzalo Gómez Mataix - conocido en Valencia por sus colaboraciones en prensa sobre temas territoriales y paisajísticos y doctor ingeniero en hidráulica y medio ambiente - ha logrado recoger en el libro Gigantes del Mediterráneo además de los árboles más conocidos (como el Pino Abuelo o el Pino Candelabro, cercanos a las Torcas de los Palancares), numerosos ejemplares desconocidos para la mayoría de las personas que nos visitan.
Sin pretender ser el catálogo definitivo, dado que en el extenso término municipal de la capital y en el resto de la Serranía deben de permanecer todavía bastantes pinos, sabinas y tejos escondidos en la espesura, el trabajo contribuirá sin duda a difundir la riqueza forestal de nuestros montes, en paralelo a la protección que debe otorgar la Ley de Montes y Gestión Forestal Sostenible de Castilla-La Mancha.
El libro, que además incluye un estudio estadístico de los ejemplares, contiene un capítulo dedicado a los árboles desaparecidos, destacando las menciones al naturalista alemán Willkomm, que recorrió nuestra serranía en el siglo XIX, dejando constancia de haber visto ejemplares de pino negral de más de 1.000 años de edad. Desde entonces la explotación forestal ha hecho mella en nuestros bosques, hasta el punto de que constituye casi un milagro que algunos árboles se hayan salvado de la tala en medio de la uniformidad del pinar.
Como escribe Gómez Mataix la protección de estos gigantes es una tarea a largo plazo en la que se debe velar no sólo por la protección de los árboles de mayor tamaño más conocidos, si no también por la de aquellos que en un futuro cercano también lo serán y que empiezan a despuntar en medio del bosque. Sin duda este libro constituye un paso más en la consecución de este empeño.