Ha concluido la Campaña de Navidad de Cáritas y no podemos menos que decir ¡GRACIAS!. Gracias a todos los que estáis haciendo posible que muchas personas no carezcan de lo más elemental para vivir: alimentos, ropa, luz, agua, alquiler, etc. Y no digo calefacción, que ya es un lujo al que no pueden acceder muchos conquenses dentro de los cuatro millones de españoles que sufren la "pobreza energética".
Una pobreza familiar y personal que cada día tenemos más dificultades de atender dada la continua reducción de las ayudas que se les presta desde las distintas administraciones que tienen el deber y la obligación de hacerlo. (Ejemplo: las Ayudas de Emergencia Social y el Ingreso Mínimo de
Solidaridad, de los que todavía no ha salido la convocatoria, e incluso los concedidos en 2012 que todavía no han sido pagados) Pero frente a la gozosa realidad, de un pueblo solidario, seguimos teniendo noticias escandalosas. La corrupción en la vida pública es uno de los principales males morales de nuestros días. La injusticia se ha institucionalizado, no son solo casos puntuales sino que la corrupción ya resulta normal. Estamos perdiendo el norte, nuestra identidad como personas, como seres humanos, caminando por derroteros de egoísmo, de manipulación y de dominio de los demás que nos conduce a la máxima degradación, considerando al otro como un ser inferior al que pude privársele de todos sus derechos como ciudadano.
Cuando una persona no pone límite alguno a sus ansias de poder y de posesión de bienes materiales fácilmente abandona toda ética y toda moral perdiendo su dignidad. Termina haciendo depender su vida de sus posesiones que nunca colmarán sus anhelos y deseos de felicidad. Sus bienes son su droga y la corrupción consecuencia lógica.
La Doctrina Social de la Iglesia tiene un planteamiento claro a este respecto: los bienes de la tierra tienen un destino universal y la propiedad privada no es un derecho absoluto sino que tiene un límite en la necesidad de los demás.
Este destino universal de los bienes comporta un esfuerzo común dirigido a obtener para cada persona y para todos los pueblos las condiciones necesarias de un desarrollo integral, de manera que todos puedan contribuir a la promoción de un mundo más humano. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia pag. 87).
El destino universal de los bienes exige que se vele con particular solicitud por los pobres, por aquellos que se encuentran en situaciones de marginación y, en cualquier caso, por las personas cuyas condiciones de vida les impidan un crecimiento adecuado (DSI, pag.91)
En consecuencia puede decirse que la solidaridad es una exigencia del bien común, es camino de justicia y tiene como meta la armonía entre los seres humanos y, por tanto, la paz.
La solidaridad humaniza la vida y la pone en camino de la felicidad. Por eso siempre encontramos más alegría en las personas humildes y generosas.
Al mismo tiempo, la solidaridad, el esfuerzo y el trabajo de un pueblo pone en evidencia la corrupción De esta generosidad da pruebas constantemente el pueblo conquense que ha recibido una hermosa herencia de nobleza y honradez de sus mayores y de San Julián, su Patrón.
Los caminos y los pueblos de esta noble tierra de Cuenca están sembrados de las palabras y el ejemplo de vida del Padre de los Pobres. La buena tierra de los conquenses sigue produciendo buenos frutos de caridad que hace posible hoy, en las mesas de cada hogar, el pan necesario para vivir.
Pero también, la gente sencilla de esta tierra, deja por sus calles y plazas una palabra exigente de justicia y equidad para que sea escuchada por nuestros gobernantes y la hagan realidad en todos los rincones de nuestra amplia tierra conquense.
Silvestre Valero Segovia
Director de Cáritas Diocesana de Cuenca