Artículos de Opinión

Carta al Ministro de Educación

Redacción | Lunes 10 de junio de 2013

Sr. Ministro de Educación:

 

Según han informado los medios de comunicación, usted propone una reforma del sistema de becas que implicará mayores exigencias académicas, mejores notas, y menor importe de las ayudas. El borrador no deja claro como se calculará la cuantía final de las becas, pero sí parece estar definido que:

 

 

- Se pedirá una nota media de 6,5 para acceder a las becas universitarias, y unas condiciones bastante exigentes para renovarla en cursos sucesivos.



Estas dependerán del tipo de carrera.

 

 

 

 

- Desaparecen las becas salario (entre 3800 y 6000 euros) y aparecen dos conceptos fijos (1500 euros ligados a la renta y 1500 euros ligados a la residencia) más uno variable (con un mínimo de 60 euros). Con estos datos, puede que las becas para los alumnos con menos recursos económicos no pasen mucho de los 3000 euros.

 

 

 

Tengo muchos argumentos y muchos datos para estar en contra de esta “reforma”, pero no me voy a centrar en los argumentos ni en los datos, solo le voy a contar mi experiencia personal y lo que pasa por mi memoria al escuchar sus propuestas.

 

 

 

Yo siempre fui una alumna becada. En el Instituto la beca era mínima, solo de libros, la única a la que se podía acceder estudiando en el propio pueblo. SÍ, soy de un pueblo, un pueblo de Castilla-La Mancha, Mota del Cuervo, uno de los pocos pueblos que en aquellos años tenían Instituto. Además, durante esos cuatro años, ayudaba a la economía familiar trabajando durante las vacaciones y muchos fines de semana.

 

 

En mi zona se cultiva el ajo, producto que yo siempre pensé que estaba destinado a los estudiantes, porque en las vacaciones de Navidad se siembra, en las de Semana Santa se escardan, al inicio del verano se recogen y durante todo el verano se trabaja en los almacenes embasándolos. También abunda la vid, que como todos sabemos, tiene su campaña de recolección al final del verano e inicio del otoño. Al cumplir los 14 años, la edad legal para trabajar en aquel momento, desde que terminaba mi curso (solía aprobar por trimestres en el Instituto o por parciales en la Universidad) hasta que terminaba la vendimia lo dedicaba a trabajar en el campo o en los almacenes. También me tocaba trabajar en los otros periodos vacacionales y muchos fines de semana. En mi familia sembrábamos ajos y mis padres habían heredado alguna pequeña viña, aunque el ingreso principal era el trabajo asalariado de mi padre en el campo. Los cultivos familiares eran una ayuda. Mi padre trabajaba en ellos los fines de semana y en los días que le correspondían por vacaciones y colaborábamos toda la familia, incluida mi madre y mis cuatro hermanos. En vacaciones, los días que quedaban libres tras atender a los cultivos familiares, trabajábamos a jornal. En realidad, yo y mis hermanos y muchos más niños de la época, empezamos a trabajar antes de los 14 años. En la familia no se concretarlo, pero a vendimiar a jornal empecé con 11 años. Iba de “capacho” con mi madre. En aquellos años se entendía como normal que los niños empezáramos de pareja con nuestros padres, para que nos enseñaran y pudieran compensar con su sobreesfuerzo la falta de habilidad y de fuerza del hijo.

 

La carrera la curse en Madrid, en la Universidad Autónoma, y seguí disfrutando de becas. Mi primer curso fue el 1982/83 y no recuerdo la cuantía. Al siguiente curso ésta se multiplicó tres o cuatro veces, por eso lo recuerdo, y ascendió a cuatrocientas y pico mil pesetas. El resto de los cursos se mantuvo en esas cantidades. No recuerdo las cifras exactas pero eran superiores a las cuatrocientas mil pesetas. No voy a hacer el ejercicio de calcular el equivalente actual de esa cifra de hace 30 años, basta con decir que es una cifra cercana a los 3.000 euros (500.000 pesetas). Cifra que parece ser la referencia que usted propone para las becas más altas. Pudiera parecer que hace 30 años era una cantidad muy alta, pero ni a mí ni a mi familia nos dio para cambiar la dinámica que ya he explicado más arriba. Nunca me pude ir de vacaciones, ni me puede comprar un coche para ir a la Universidad, ni nada por el estilo. Además, si me fui a Madrid a estudiar era porque allí estaba la Universidad que me correspondía, a la que estaba inscrito mi Instituto, y porque tenía familia que me acogía en su casa gratis. El dinero de la beca me sirvió para ayudar algo a la economía de mis padres, y en algún caso a la de mis tíos que me acogieron, a los que tampoco les sobraba el dinero.

 

 

Cada curso trataba de aprobar las asignaturas cuanto antes, porque si no aprobaba todas me quedaba sin beca y porque el verano y parte del otoño eran para trabajar. No tuve ningún premio a la excelencia ni matriculas de honor, pero le aseguro que mi expediente estaba por encima de la media de mis compañeros. En mis años de carrera era habitual entre mis compañeros pasar de curso con alguna o algunas asignaturas pendientes.

 

 

Creo que, por lo que le cuento en esta carta, no se puede decir que no teníamos cultura del esfuerzo, al menos en el ambiente en el que yo me crié, ni que los suspensos se pudieran deber a esa razón. Por ello, considero que la obligación de aprobar todas las asignaturas para seguir con la beca era una condición injusta, que yo pude superar, pero cualquier tropiezo podría haber hecho volar por los aires todo nuestro esfuerzo, el de mi familia, el de mis tíos y el mío propio.

 

En los años de los que hablo, los setenta y los ochenta, estaba establecido el requisito de aprobar todo, pero nunca hubo una nota mínima como se quiere hacer ahora. La mínima era el aprobado.

 

 

Sr. Wert, se habla de que sus medidas educativas nos quieren llevar 30 años atrás e incluso a tiempos predemocráticos, pero yo no estoy de acuerdo con ello, porque en aquellos tiempos las condiciones eran más igualitarias que las que usted quiere imponer: unas becas máximas con una cuantía parecida a la de hace 30 años y unas exigencias académicas que, hasta donde alcanza mi memoria, nunca han existido; y todo ello en plena crisis, con más de 6 millones de parados.

 

 

Creo que usted no nos quiere llevar al pasado, sino a un modelo de sociedad en la que se renuncia a los valores de justicia, igualdad y solidaridad. Un modelo de sociedad que no es por el que se han esforzado mis padres y mis abuelos y un modelo de sociedad que no quiero dejar en herencia a mis hijos y a mis nietos.

 

 

 

Mª Carmen Salido Noheda