Las armas y las letras

¿Plátanos? Pero si el Barcelona es un club racista

Redacción | Viernes 09 de mayo de 2014

Fragmento de la crónica del partido que se celebró el sábado 3 de mayo entre el Getafe y el Barcelona Futbol Club, escrita por Ramón Besa para El País: «la exuberancia de Alves, icono contra el racismo desde que se comió el plátano que le tiró un hincha de El Madrigal» («Adiós Tito, adiós Liga», edición del 3 de mayo de 2014).

Besa se refiere, como a estas alturas debe saberlo el orbe, al episodio registrado el 27 de abril en el campo del Villarreal, cuando un simpatizante de este equipo arrojó un banano al jugador brasileño, mientras este se disponía a ejecutar un tiro de esquina. El deportista recogió la fruta del campo y se la llevó a la boca, un gesto que luego fue replicado en las redes sociales (a iniciativa de Neymar, su compañero de equipo y de selección) por gente bonita y famosa, que de inmediato quiso demostrar su apoyo al jugador y su rechazo al racismo.



 

Perfecto, el problema es que el Barcelona es un club racista. El Barcelona es un equipo que en el actual debate acerca del encaje de Cataluña en España se ha decantado por el derecho a decidir, algo no tan ambiguo como quisieran sus defensores, porque el derecho de marras es un eufemismo para apoyar la secesión.

En nuestra columna para Cuenca News del 14 de abril de 2014, «La historia de España según el Barcelona», explicamos ampliamente por qué el club de referencia es secesionista, abiertamente, cuando su directiva, entrenadores, jugadores, simpatizantes y el campo en su totalidad así lo han demostrado.

Y el exacerbado catalanismo, ya se sabe, resulta ser un movimiento que reivindica la Cataluña esencial oprimida por los castellanos, mito de la cultura que no pocas veces se topa con los delirios que quieren hacer ver a las personas del resto de España como enemigas, porque no son compatibles con la idea de un país independiente, europeísta y moderno.

Desde luego, el racismo del club es una confusa ideología que no tiene en cuenta que España es un país formado por varias etnias y razas, porque no es una nación étnica sino política, que no se basa en determinados rasgos culturales sino en la apropiación de un territorio. En cambio en Cataluña se reivindica la nación étnica (inexistente) con la ambición de lograr la nación política. Nada de «otredad» ni de historias: racismo.

Luego, defender el independentismo es hacer lo propio con el racismo. Por eso los gestos de Dani Alves resultan, por decir lo menos, contradictorios: porque él es un entusiasta militante del que se conoce como «más que un club».

No digo que Alves sea independentista: no conozco afirmación suya al respecto, aunque tampoco es que combata el independentismo. Al contrario: con su silencio cómplice pretende dejarlo pasar como ideología propia de la gente de la ciudad donde ha hecho su vida. Lo que afirmamos es que el Barcelona es, sistemáticamente, un club racista, situación ante la que Alves no parece sufrir mayor incomodidad. Racista desde sus directivos hasta sus hinchas, de cabo a rabo, todo ello sin olvidar que el club cuenta con el apoyo (no puede ser de otra forma) de los políticos independentistas catalanes, con el racista Artur Mas a la cabeza.

¿Qué piensa Alves cuando en las finales de la Copa del Rey se pita el himno español y se insulta a Juan Carlos I? ¿Qué opina de que el campo de su equipo se llene de banderas estrelladas? ¿Cuál es su postura frente a los aplausos y gritos en el minuto 17 del primer tiempo y en 14 del segundo? ¿No le importa? No lo veo comer un alimento simbólico en apoyo a Madrid, digamos, un bocadillo de calamares. Note el lector que en ningún momento me pregunto acerca de lo que siente Dani Alves: cuando se trata de política la psicología no nos interesa, al contrario de la gente que asegura que no se siente española.

Desde luego, el racismo en los campos es deleznable, como en cualquier parte, pero eso no debe cegarnos ante las incoherencias y contradicciones de un equipo de futbol que se ha empeñado en apoyar las causas más antideportivas y antiespañolas.

 

Manuel Llanes