Ya han pasado algunos años desde que se instaló en Cuenca la estación del AVE. No voy a hablar ahora del escaso empeño de nuestros políticos por traer esta infraestructura a nuestra ciudad; baste con recordar que sin la tenacidad que puso la Plataforma Cívica por Cuenca, apoyada por toda la ciudadanía conquense, es muy posible que hoy no tuviésemos AVE en esta ciudad.
Todo lo conseguido por los conquenses parece que lo hayan olvidado quienes nos gobiernan. Y hasta parece también que nos han querido represaliar llevándose la estación fuera de la ciudad, aislándola, dejándola al margen.
Así es: entre Cuenca y la estación hay una carretera. Una carretera estrecha y llena de baches, despintada y mal iluminada. Una carretera por la que circulan motos, coches, furgonetas y camiones. Una carretera peligrosa. Por otro lado, los autobuses no se coordinan con el horario de los trenes y los taxis escasean, sobre todo los fines de semana.
Pero dejemos aparte estas penalidades. La cuestión es más simple: ¿no se inventó el tren AVE para acortar las distancias? Entonces, ¿por qué para coger el tren hay que coger antes carretera y manta?
Y no hablemos ya de esos locales cerrados a cal y canto en nuestra flamante estación. Allí no hay un alma porque a nadie se le ocurre montar allí una tienda. Aquello es una estación fantasma. Y además todas estas desgracias quedan aromatizadas con el olor nauseabundo que emana del mayor estercolero, cercano, que hay en la ciudad.
Melli Pérez Madero