Los asentamientos en la Península Ibérica durante la Edad del Bronce (entre 2.500 y el 1.000 a.C.) se caracterizaron por levantarse sobre cabezos o colinas de difícil acceso, muchos de ellos con fortificaciones y de tamaño mayor que en la etapa anterior. Un buen ejemplo es el yacimiento de 12 hectáreas de ‘La Cava’, en el término de Garcinarro, donde, durante la segunda fase de excavaciones que se están realizando, han encontrado restos de la muralla y estructuras pertenecientes a esta época, además de la reutilización del espacio en época ibérica con algunas disposiciones y casas que ya no son excavacas en la roca sino edificadas y también elementos de transformación en época visigoda, como en la primera excavación presentada el verano de 2014.
Según ha explicado a esta redacción el arquéologo director de los trabajos, Miguel Ángel Valero —que mañana impartirá una conferencia a las 12 horas en el salón de actos del Ayuntamiento local y a las 16 horas hablará de estos nuevos hallazgos en una visita guiada al yacimiento—, el año pasado descubrieron el edificio tripartito excavado en la roca del frontal occidental de la Edad de Hierro (datado sobre el 400-450 a. C) y esta vez se han centrado en el norte y en el oeste para conocer más o menos cómo era la acrópolis de un yacimiento mucho mayor que esta. Dado que se trata de un espacio multifásico, la planicie superior —donde están apareciendo contenedores y hogares con cenizas— fue completamente reutilizada en todas las épocas: pertenece a la Edad del Bronce, fue ocupada por los íberos y luego por los visigodos.
También han hallado una estructura más grande y más alejada, en la zona sur, que fue utilizada como paridera —corral de grandes dimensiones para ganado lanar o caprino— y, en la parte de la explanada donde sospechaban que podría haber más estancias horadadas en la roca, en realidad han descubierto que se trata del foso de donde extraían las piedras para construir la muralla. Valero resalta la importancia de haber hallado restos de esta pues les permite iniciar los trámites para solicitar su declaración como Bien de Interés Cultural (BIC) ya que, según la Ley de Patrimonio Histórico Español, cualquier elemento defensivo y edificio que tenga muralla puede ser incluido en esta figura jurídica que supone el grado de “máxima protección”. Además, tendrían más posibilidades de recibir ayudas públicas, “si estas se convocan”, matiza.
Tras denegarles el taller de empleo solicitado a la Junta de Castilla-La Manche el pasado abril, la financiación de esta segunda campaña ha sido posible gracias a la Fundación de la Empresa Nacional de Residuos Radioactivos (Enresa) pues, como aclaró el alcalde de Garcinarro, Antonio Fernández Odene, durante una visita a las excavaciones, el término del Valle de Altomira donde su ubica está dentro del radio de acción de la central nuclear de Almonacid /b>de Zorita (Guadalajara).
Desde lo alto de este cerro cuyo frente occidental resulta casi innaccesible —lo que supuso en su día una “excepcional línea defensiva”—, con la Sierra de Altomira al fondo, se controla visualmente esa amplia zona que fue una de las principales vías de comunicación de la Península, uniendo el interior con la Submeseta sur. Sin embargo, Fernández Ódene quiere que se mejoren los accesos actuales al yacimiento, como el camino que llega desde el pueblo y que la Diputación de Cuenca se comprometió a mejorar pero aún sigue pendiente.
Trabajo y protección de los vecinos
Además, aunque se trata de construcciones prácticamente “inalterables” —salvo que alguien hicera una barbaridad con una máquina— el arqueólogo cree que tiene que haber unas investigaciones y una puesta en valor para protegerlo y señalizarlo de manera adecuada. Por el momento, añade que los vecinos de la zona son sus mayores guardianes ya que están muy concienciados de su importancia. De hecho, algunos de ellos trabajan como peones en el yacimiento ya que el equipo arqueológico de Valero siempre procura revertir parte del dinero en el lugar en el que trabajan. “Aunque al principio no tenían conocimientos, la arqueología es una cosa que engancha y surge esa curiosidad que luego les lleva a proteger”, aclara.
Tras el trabajo de campo que se desarrollará durante un mes, los profesionales continuarán tres más con el de laboratorio y gabinete (digitalización de dibujos, el tratado de materiales, inventario, estudio, etc) para trasladar después las piezas encontradas al Museo Arqueológico de Cuenca, como es perceptivo. Aunque Garcinarro inauguró su 'Centro de Interpretación' el pasado agosto, el arqueólogo matiza que por ahora no cumple con las condiciones (seguridad, temperatura, etc) para convertirse en centro de exposiciones y depósito del museo conquense.
Tanto interés ha despertado el yacimiento desde el año pasado, que el alcalde local asegura que prácticamente todos los fines de semana se acerca gente a visitarlo e incluso recientemente lo ha hecho un grupo de turistas de Madrid. Por ello, quiere potenciar este recurso limpiando y señalizando la senda que parte a ‘La Cava’ desde la carretera CM-2000 en dirección Buendía, donde se puede aparcar el coche e incluso hacer una parada técnica en su merendero. La bienvenida a este paraje conocido como ‘Fuente del Pozo’ y por el que transcurre un refrescante arroyo, la da una curiosa roca con forma de cabeza de serpiente que ha sido interpretada como un posible templo dedicado a Tanaris, dios celtíbero del trueno, la luz y el cielo que representaba el ruido, la destrucción y la fuerza sobrenatural de las tormentas.
Durante el recorrido, Fernández Ódene también muestra las inscripciones de esa época en las cuevas eremíticas que el Ayuntamiento quiere hacer más visibles —algunas se encuentran demasiado ocultas por ramajes—, además una piedra identificada como mesa de sacrificios y una zona superior horadada de infinitas cazoletas que refuerzan la hipótesis del santuario, aunque los arqueólogos no han podido determinar su uso. Esta zona se encuentra junto al antiguo poblado medieval de Mohorte, en el que se pueden visitar unas 120 tumbas antropomorfas diseminadas sobre una colina —unitarias o dobles, de tamaño infantil y adulto y algunas con borde para tapa—, además de otros restos como los molinos de aceituna o uva, los pozos cilíndricos, las viviendas y las cuevas, todos esculpidas o excavados en la piedra.
El Museo de Garcinarro cuenta con un 'Centro de Interpretación Arqueológica'.
Gracias a los Fondos Europeos Agrícolas de Desarrollo Rural (Feader), el Ayuntamiento de Garcinarro ha podido construir un un Centro de Interpretación Arqueológica dentro de un Museo de Historia con objetos e imágenes del municipio, que también dispone de una sala de proyección y de otra de exposiciones, como la de fotografías antiguas de los vecinos de la localidad. Y es que este pueblo, que junto con Jabalera y Mazarulleque conforma el municipio Valle de Altomira, cuenta con rico patrimonio histórico que se completa con la iglesia renacentista Nuestra Señora del Sagrario —declarada BIC en 1982 por ser “uno de los mejores ejemplos de arquitectura del sigo XVI”— pero que para sus vecinos es "más que un monumento o templo religioso" pues aseguran que “logra reunir las sensibilidades y el orgullo de todo el pueblo”, sean creyentes, agnósticos o ateos. Ellos, los de ayer y los de hoy, hacen posible su mejora y su esplendor pues algunos desean que el edificio recupere la antigua torre, derribada en 1925.
Probablemente sea ese sentimiento de unidad, alentado también desde el consistorio, el que les empuja a mantener viva una localidad de orígenes tan lejanos. Su alcalde asegura que los grupos de jóvenes siguen acercándose al pueblo muchos fines de semana pues cuentan con espacios de ocio como un local con barbacoas o una gran nave multiusos, mientras que otros vecinos, como él mismo y quizá por efecto contagio, se están animando también a restaurar las antiguas cuevas del vino en lo que promete ser un bonito paseo en el futuro.
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