Provincia

Alcalá de la Vega recuerda a Florencio Martínez Ruiz, con una placa en su casa natal

Redacción | Lunes 17 de abril de 2017

Cuatro años después del fallecimiento del ilustre periodista, poeta y escritor, Florencio Martínez Ruiz. Y de entre los actos que se han venido realizando en su recuerdo y homenaje en Madrid y Cuenca, su localidad natal,  Alcalá de la Vega,  pueblo de la Serranía conquense, en donde naciera el ilustre periodista, le ha recordado y homenajeado con una placa, situada en la casa en la que vivió su niñez y su primera juventud, que más tarde glosaría en un hermoso y magistral poemario titulado “El Cabriel dormido”, ese río claro en donde Florencio interpretó su niñez de “trompo y aro” por  las callejuelas de Alcalá, “su Edén sin adanes y sin evas…”.



 

La placa colocada en un muro de la casa familiar dice” En esta casa vivió el escritor insigne, periodista, crítico literario y poeta, don Florencio Martínez Ruiz…” Posteriormente se habló con emoción y admiración  sobre Florencio y su vinculación con su  nunca olvidado pueblo y se leyeron poesías de dos de sus poemarios, “El Cabriel dormido” y “Siete Cipreses conquenses”.

Manuel Cano, comenzó sus palabras emocionadas sobre su amigo Florencio, recordando la larga y fructífera trayectoria periodística e intelectual desarrolladas en la prensa madrileña y conquense, después leyó el poema “In paradisum

Cuando llegue mi hora, Fortunato,

a la tropa escolar pon sobreaviso

en La Merced y cumple el compromiso

de reclutarla a golpe de silbato.

Cántame “In Paradisum” de inmediato,

en latín de Perrone si es preciso,

y que el deán de al Júcar su permiso

para asistir al coro por un rato.

Que te acompañen, con su voz más pura,

Gregorio, Vieco, Luis, Pinga y Vicente

y con su icono mágico Anastasio.

Y si Dios encarece la factura

y hay que esperar, que Cuenca me represente

cerca del cielo, en su alto iconostasio.

Niceto Hinarejos, también con la emoción a flor de piel, resumió los homenajes  dados a su ilustre paisano en los últimos años, recordando también los que ya más lejanos recibió en Alcalá de la Vega. Hinarejos recitó el soneto en el que Florencio  agradece a sus hermanas Orfe y Maruja el traje hecho a su medida con la tela de la vieja capa de su padre en 1945 al inicar sus estudios en Cuenca.

Regalo de cumpleaños

Orfe y Maruja dieron aquel año

-tan desprendidas ellas y tan guapas-

en arreglarme, con la vieja capa

de papá, un sobrio traje a mi tamaño.

Como regalo para el cumpleaños,

mis dos hermanas, bajo las solapas,

a más de unos bombones de la Trapa

en su corazón dejaron entre el paño.

Tan ajustado terno bien valdría,

con tal carga de amor y economía,

pintiparado para el Seminario.

Algo que el propio Obispo confirmaba,

de visita en Cañete, y me asignaba

un puesto en la Merced como becario.

Mariano López escogió para recitar el soneto dedicado por Florencio a la tía Ricarda a la que recordaba en aquella época en que las mujeres hacían calceta.

Mágico caracol el de la esquina,

en el que tía Ricarda hacía calceta,

sentada en un sillón de enea, quieta

y pacíficamente convencina.

Que si apuntaba el trueno por Salinas

o se casaba en julio la Rufeta,

todo el día viviendo de charleta,

en conversación con las gallinas.

Todos eran sus hijos y sus nietos,

-no únicamente abuela de Niceto-

ramas de su árbol, tordos de su nido…

Yo me sumaba a ellos muchas veces

cuando nos repartía queso y nueces,

fruto de un corazón bien compartido.

 

Finalmente su hijo Oscar Martínez leyó el poema “El Ciprés de Alcalá” del poemario “Siete cipreses conquenses”

Si he de morir, aquí está mi peaje.

Que sea en Alcalá, en tiempo de trilla.

Y que, al segar mi vida, en la gavilla

no falte alguna espiga de equipaje.

 

Quiero dormir bajo un chopo salvaje,

Pues que no hay un ciprés en La Lomilla;

que me velen aulagas amarillas

y el Cabriel firme el trámite del viaje.

Vendrá la muerte por El Monegrillo,

como un rayo letal… Tía Petronila

diligencia los ásperos pañuelos.

 

Que por todo ritual canten los grillos,

croen las ranas y un toque de esquila

ponga la vega en su sazón de duelo.