En estos tiempos envueltos de un ambiente mediático, tomar la decisión de visitar una institución tan titánica como es el Museo Thyssen-Bornemisza en Madrid requiere por momentos un acto de valentía, sabiendo que implica un ejercicio de regateo ante una caterva de gente que se hacina en cada uno de los rincones de las salas. Todo ello sin mencionar la organización de las visitas por franjas horarias que te imponen en esos lugares, donde lejos de tener interés en visitar una exposición, terminas teniendo la sensación de estar pidiendo cita para el dentista.
Lejos de esas vicisitudes, adentrarme en el mundo de dos gigantes como lo son Andy Warhol y el omnipresente Jackson Pollock, dentro de la exposición temporal que se celebra en la actualidad, con el título: “Warhol, Pollock y otros espacios americanos”, brinda la posibilidad de experimentar algunas de las vertientes o escisiones que se pueden extraer lejos del contenido oficial del catálogo de mano.
Parto con la ventaja de conocer bien o por lo menos con cierta profundidad a los dos personajes, no sólo por haber visto obra de ellos en exposiciones a nivel nacional, sino disfrutando de ellas fuera de las fronteras de nuestro país, donde ahí sí se puede apreciar la magnitud del ecosistema de artistas tan potentes, básicamente porque escapan del provincialismo del que en ocasiones pecamos en nuestra casa.
La muestra se fundamenta en la lectura del contrapunto que surge entre estos dos artistas, por cierto, anacrónicos entre ellos. Se fundamenta en la idea de esa contraposición entre lo abstracto y lo representacional (figurativo) pero teniendo unas referencias teóricas y fundamentándose en el conocimiento –algo muy propio del arte del siglo XX-. Yo diría que más que contrapunto, lo que hay entre ellos dos es un espacio, no otros espacios, como bien se manifiesta en el título de la exposición; un espacio entre los dos protagonistas que, en base a la muestra, beneficia de una forma descarada a la figura de Warhol. Básicamente porque dentro de ese espacio confluyen una amalgama de personajes coetáneos, una mutación de la cultura visual, una explotación de las técnicas plásticas y sobre todo un ejercicio fenomenológico llevado al extremo, donde el propio Warhol tuvo la astucia de saber leer mejor que nadie el contexto del que se rodeaba.
Es como si habláramos de un sujeto que se disfrazara de psicoanalista para ejercitar la capacidad de adentrarse en lo más recóndito del cerebro de sus pacientes y poder extraer de su conocimiento lo más secreto, con intención de desarrollar nuevos recursos artísticos capaces de dar respuestas a cuestiones que demanda una sociedad arrastrada por lo cotidiano.
La exposición se fragmenta en seis fases bien diferenciadas: “El espacio como negociación: figura y fondo, otra vez”, “Rastro y vestigios”, “El fondo como figura”, “Repeticiones y fragmentos”, “Espacios sin horizonte” y “El espacio como metafísica”. En el recorrido de cada una de las seis salas que configuran un hábitat propicio para Warhol, Pollock tiene una presencia yo diría que casi testimonial, es una presencia encasillada por su archiconocido “dripping”. Se podría entender desde lo conceptual de la exposición, que es una justificación para que Warhol lo tome como referencia, no sólo desde el punto de vista de artístico, sino que lo emplea como recurso para modelar un personaje icónico digno de ser imitado, hasta tal punto que con la dramática muerte por accidente automovilístico en 1956, Pollock, gracias a Warhol, adquiere ese aura de artista maldito, sirviendo como antecedente e inspiración al “Club de los 27”.
Esas seis circunstancias temporales y artísticas antes citadas delatan la estrategia del artista y descubre el carácter de Warhol. Se manifiesta como un personaje que observa todo desde un púlpito, donde él entiende el arte como un espacio lleno de aristas o de posibilidades. No sólo con su apropiacionismo ejecuta un nuevo escenario, sino que reinterpreta a cada uno de los artistas que conviven con él, extrae de ellos la faceta más revolucionaria y frívola, empleando el concepto del arte como una revisión de los esquemas más tradicionales, cuestionando todo desde lo matérico y objetual, hasta los metafísico y místico.
Warhol dentro de esos avatares es capaz de generar las grietas que ninguneen a todo tipo de convencionalismo artístico. En ello ejerce una manipulación tratando de forma global al concepto del arte como una herramienta del espectáculo, adquiere una dominación de la imagen hasta el punto de convertirse en un personaje que usa sus materiales plásticos para generar un ejercicio de insolencia e irreverencia, siendo consciente que será en un futuro un seductor de las masas.
Por ello, el caso más paradigmático de la exposición se experimenta con dos obras ubicadas en dos espacios diferentes; la primera es una obra del propio Warhol, bajo el nombre: “Pintura de orina” 1977-1878, se trata de una obra de grandes dimensiones, dentro del contexto de la sala bajo el título: “Espacios sin horizontes”. Como bien decía, la obra es de gran formato y la técnica utilizada por el artista es simple y llanamente su orina embadurnando el lienzo; esta fase creativa del artista obedece a lo que se le conoce como “Oxidation Paintings”. Y como contraste a esto, en la siguiente sala, bajo el título “El espacio como metafísica” te encuentras la célebre obra del artista Mark Rothko, “Sin título (Verde sobre morado)” 1961, obra hipnótica que habitualmente está en una de las salas permanentes del Museo.
Destaco y manifiesto esto porque después de visualizar gran parte de la exposición, llegados a este punto, es donde descubres que la figura de Andy Warhol tuvo la consciencia y el carácter alevoso de generar un conflicto y llevar al límite de sus consecuencias todo lo que se hacía reconocible con la historia del arte, porque el artista no orinó en un lienzo, sino que lo hizo en la historia y la tradición de la historia de la pintura. Esa práctica subversiva le sirvió para ser validado no por la crítica, ni por los comisarios de exposiciones, ni por lo teóricos del arte, sino por el espectador. Por eso, en el mismo instante de entrar en la sala, me dediqué a observar a los visitantes, porque dentro del movimiento errático que emplean portando sus smartphones de última generación mientras manejan el audio guía, hay un momento que se posicionan frente a la “Pintura de orina” y es en ese preciso instante donde legitiman al artista, lo autorizan con su mirada y su postura solemne, se recrean ante la pintura y la catalogan con sus ademanes de una obra maestra, equiparándola a la de Rothko sin cuestionarse ¿qué diferencia hay entre una y otra?; ¿Las dos merecen el mismo tratamiento?; ¿Aun descubriéndonos el proceso de una y otra, las seguimos valorando igual?; ¿Toleramos lo irrespetuoso de la técnica y lo aceptamos como referente cultural, siendo conscientes que Warhol vulnera lo más íntimo y sagrado de la tradición artística?.
Por eso la obra de “Pintura de orina” ejemplifica la transitoriedad de la nueva cultura visual dentro de un espacio vacuo, es como si se tratar de una máquina de triturar imágenes efímeras, es lo sobrante o el descuido de otros artistas lo que ha permitido que Warhol manipule la realidad para generar nuevos espacios y preguntas que demandan otras respuestas. Es por ello y comprendes que estamos ante un personaje poliédrico, no solo por su capacidad de entender la mutación del gusto y la cultura visual, sino porque vaticinó que sería el pionero de “La máquina del espectáculo”, doblegándonos servilmente a la indisciplina de alguien que sabía que la sociedad terminará deambulando entre la incertidumbre.