Cuenca ha dado inicio a su Semana Santa este Domingo de Ramos con una Procesión del Hosanna marcada por el viento y el frío, pero también por la entrega de sus nazarenos. En una mañana exigente, la Borriquilla y la Virgen de la Esperanza han recorrido el casco histórico dejando una estampa de fe, esfuerzo y emoción que volvió a demostrar que nada puede frenar esta tradición.
La Semana Santa de Cuenca volvió a comenzar este Domingo de Ramos como solo sabe hacerlo esta ciudad: con el corazón por delante. Lo hizo entre frío y viento, sí, pero también entre miradas cómplices, abrazos de reencuentro y esa emoción contenida que solo entiende quien se viste de nazareno. Desde muy temprano, cuando aún la ciudad parecía despertar despacio, ya se intuía que no sería un día cualquiera.
San Andrés volvió a abrir sus puertas a la ilusión. Y aunque el viento no dio tregua en toda la mañana, nada pudo frenar las ganas de volver a la calle. La salida fue de esas que se sienten más que se ven, con los pasos ya en la plazuela y la música envolviendo un momento que mezclaba despedidas, agradecimientos y memoria. Había emoción de la que aprieta, de la que se queda dentro.
El cortejo avanzó como pudo, pero también como quiso: con firmeza. Cada tramo era un pequeño desafío. El viento golpeaba sin descanso, zarandeando insignias, dificultando el paso y poniendo a prueba a todos. Pero ahí estaban, uno a uno, sosteniendo lo que no se puede explicar con palabras: la dignidad de una hermandad. Especialmente los más pequeños, que lejos de rendirse, dieron una lección silenciosa de lo que significa empezar en esto.
Cuenca respondió como siempre. Tal vez con menos gente en algunos puntos, pero con la misma verdad de cada año. Con escenas que valen más que cualquier crónica: una madre con su hijo en brazos bajo la túnica, un músico luchando por no perder el compás, un nazareno agarrando su insignia con más fuerza que nunca. Detalles que hacen grande lo pequeño.
La subida fue dura. De las que se recuerdan. El viento apretó más que en ningún otro punto, obligando a cambiar formas, a adaptarse, a tirar de oficio y de fe. Pero el cortejo no se rompió. Siguió adelante, como siempre lo ha hecho Cuenca, paso a paso, sin rendirse.
Y entonces, la Plaza. Siempre la Plaza. Allí, entre palmas agitadas por el aire y rostros mirando al cielo, llegó uno de esos momentos que justifican todo. La bendición, breve pero intensa, reunió a todos en torno a lo esencial. Porque, al final, de eso va todo esto.
La entrada en la Catedral fue el descanso, el alivio, el “ya estamos aquí”. Entre hojas de olivo y pétalos, la Borriquilla y la Esperanza cruzaron el umbral mientras Cuenca, un año más, cumplía. No fue la procesión más cómoda, ni la más lucida. Pero sí fue una de esas que se quedan dentro.