El Cartel de la Semana Santa de Cuenca 2026 es el resultado de un proceso largo, íntimo y profundamente meditado. Su autor, Pedro José Ruiz, relata cómo la obra nació primero en la oración y en la reflexión personal antes de tomar forma sobre el papel, con un objetivo claro: anunciar la Pasión desde la unidad en Cristo y convertir el cartel en una invitación a vivir la Semana Santa desde la Eucaristía y la comunión nazarena.
El Cartel de la Semana Santa de Cuenca 2026 no surgió de un primer trazo ni de una idea repentina frente a una mesa de dibujo. Su autor, Pedro José Ruiz, reconoce que el proceso creativo comenzó mucho antes, en silencio, en la oración y en la reflexión personal sobre qué significa hoy vivir la Pasión en Cuenca. “Antes de pensar en colores, formas o símbolos, necesitaba escuchar qué tenía que decir el cartel”, confiesa.
Desde el primer momento tuvo claro que no quería una obra meramente estética ni una suma de imágenes reconocibles. El punto de partida fue una frase del Evangelio —Ut unum sint, “para que sean uno”— que, según explica, llevaba tiempo resonando en su interior. “Es una petición directa de Cristo, no una sugerencia. Y sentí que era el mensaje que necesitábamos como comunidad nazarena: unidad con Él y entre nosotros”. Esa frase se convirtió en el eje de todo el proyecto y en el criterio que ordenó cada decisión posterior.
El siguiente paso fue pensar el cartel como un recorrido, no como una imagen estática. Ruiz concibió la obra como un camino ascendente, de abajo hacia arriba, que obligara al espectador a levantar la mirada. “La Semana Santa no es un punto de llegada, es un proceso espiritual. Quería que el cartel se leyera como se vive la fe: avanzando, paso a paso, hacia Cristo”. De ahí nace la estructura basada en siete frases del Evangelio dispuestas en forma de quiasmo, un círculo perfecto que comienza y termina en Dios.
En el centro de todo situó el Cuerpo de Cristo. “No podía ser de otra manera. La Eucaristía es el corazón de la vida cristiana y debía ser también el corazón del cartel”, explica. Ese círculo central actúa como Comunión que acoge y reúne, una forma perfecta que simboliza la unidad sin exclusiones. Dentro de él, Ruiz integró a todas las hermandades, a Las Turbas, a las bandas, a los símbolos propios de la Semana Santa conquense. “No hay protagonistas individuales. Todos estamos dentro, al mismo nivel, porque la verdadera grandeza está en formar parte del Cuerpo de Cristo”.
La elección del color fue otro de los aspectos meditados con detenimiento. El fondo transita del rojo al blanco, un viaje cromático que no es casual. “El rojo no es solo sangre y sufrimiento; para mí es también luz, intensidad, vida entregada. Y el blanco es la Resurrección, la alegría, el sentido último de todo lo anterior”. Ese tránsito convierte al cartel en una obra luminosa, incluso cuando habla del dolor, porque “la Pasión no se entiende sin la esperanza”.
Cuenca, como no podía ser de otra forma, está presente de manera constante, aunque sin imponerse. Ruiz trabajó con texturas inspiradas en la roca caliza y con un skyline reconocible que remite al paisaje kárstico de la ciudad. “Todo ocurre en Cuenca, bajo la mirada de Cuenca. Para nosotros, en Semana Santa, la ciudad se convierte en un Calvario, pero también en el lugar donde se anuncia la vida nueva”. La ciudad aparece simbolizada en el cáliz que recoge la sangre de Cristo, uniendo geografía y teología en una misma imagen.
El autor reconoce que uno de los mayores retos fue encontrar el equilibrio entre lo teológico y lo visual. “El cartel tenía que ser profundo, pero también comprensible; cargado de símbolos, pero no abrumador”. Para ello, recurrió a la escala de grises en las imágenes interiores, evitando jerarquías visuales. “Nada debía destacar más que la unidad. El mensaje tenía que estar por encima del lucimiento personal”.
El proceso no estuvo exento de dudas. Ruiz admite que hubo momentos de replanteamiento, de volver atrás y simplificar. “Cuando algo no me llevaba a la unidad, lo descartaba. Ese fue mi filtro constante”. En ese camino, reconoce la influencia —consciente o inconsciente— de muchas personas y vivencias, desde su familia hasta las hermandades, pasando por la fe heredada de generaciones anteriores. “Este cartel no lo he hecho solo, aunque lo firme yo”.
Especialmente emotiva fue la referencia a su padre, figura clave en su vida personal y nazarena. “Él es el responsable de que yo esté hoy aquí. Todo lo que soy, también está en este cartel”, afirma. Para Ruiz, entregar la obra a Cuenca fue un acto de gratitud más que de culminación artística. “En el momento en que se descubre, deja de ser mío. Pasa a ser de todos”.
El resultado final, asegura, no pretende explicar la Semana Santa, sino invitar a vivirla con mayor hondura. “Un cartel no tiene que decirlo todo, pero sí abrir preguntas, mover el corazón y llamar a la conversión”. En ese sentido, Ut unum sint es, para su autor, una llamada clara a la coherencia entre lo que se representa en la calle y lo que se celebra en el altar.
“Si este cartel consigue que alguien viva la Semana Santa con más silencio, más unidad o más verdad, habrá cumplido su misión”, concluye Pedro José Ruiz. Porque, como insiste, “todo empieza y termina en Cristo. Y volver al origen es, quizá, el mayor acto de fe que puede proponer un cartel”.