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Roberto Esteban: La participación sobrenatural de la vida divina constituye la única finalidad adecuada para el hombre
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Roberto Esteban: La participación sobrenatural de la vida divina constituye la única finalidad adecuada para el hombre

jueves 05 de noviembre de 2020, 19:11h

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“Trascendencia encarnada. Un diálogo entre Martha Nussbaum y Charles Taylor en torno a la trascendencia” (EUNSA, 2020) es la última publicación de Roberto Esteban Duque. El sacerdote, con más de una docena de libros a sus espaldas, profesor de la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid), que en la actualidad ejerce su ministerio como párroco de Villar de Olalla, intenta demostrar que es imposible negar, sin alterar la naturaleza humana, la aspiración a la trascendencia, a un perfeccionamiento ulterior capaz de significar un ámbito de cumplimiento de esta misma vida humana.

El diálogo Nussbaum-Taylor y el paradigma de “Trascendencia encarnada”

Nos encontramos con un texto especializado, sutil, dirigido especialmente a un lector de filosofía y de teología, de carácter apologético-teológico, con diversos comentarios anclados en la actualidad y argumentados desde el punto de vista de la filosofía moral. Se trata de un diálogo entre Martha Nussbaum y Charles Taylor sobre la trascendencia, al que el autor incorpora, después de una intensa revisión crítica, el punto de vista de una antropología abierta a la teología, la necesidad de remitirnos a una instancia trascendente que ilumina la existencia humana y le da una orientación decisiva. Esa “instancia trascendente” es la Persona de Cristo, clave definitiva para interpretar no sólo el deseo de felicidad del hombre, sino también el lugar normativo de la propia excelencia de la acción humana.

Revisión crítica. Pérdida del anclaje religioso

Para el sacerdote, Martha Nusbaumm descarta de su discurso, estrictamente filosófico, la constitutiva aspiración a una trascendencia religiosa o divina. La celebrada filósofa estadounidense no tiene un alma mística, sino racional; a ella no le importa la unión con Dios, ni que esa unión revierta en un desbordamiento en la propia vida. Al parecer del filósofo canadiense Charles Taylor, la interpretación que Nussbaum hace de Aristóteles repudia la aspiración de vivir una vida trascendente divina como inapropiada para un ser humano. En otros términos, “el bien humano completo” recoge la actividad humana excelente pero excluye la aspiración a trascender totalmente la vida humana. Taylor advierte que en nuestro mundo vivimos en un marco inmanente, que intenta sacar del horizonte de comprensión la trascendencia. Pero el problema de Taylor, según nuestro autor, es que excluye la virtud ética. ¿De qué felicidad estamos hablando cuando se elimina la virtud ética? Sin las virtudes, el hombre no es libre, no puede disponer de sí, queda incapacitado para la vida buena. Tampoco es posible el crecimiento moral ni la plenitud de sentido en nuestras vidas.

La admiración de Esteban Duque por Nussbaum y su obra “La fragilidad del bien” no le ahorra un juicio crítico de proporciones considerables. Para el sacerdote conquense, Nussbaum interpreta correctamente a Aristóteles, pero advierte que, desde la Revelación, existe la posibilidad de una elevación a la vida de Dios y su plenitud por pura gracia. En cualquier caso, la propuesta de ver el mundo sin trascenderlo o el rechazo de la revelación de Dios no resulta algo especialmente novedoso en el panorama cultural contemporáneo.

Piensa Nussbaum (siempre según nuestro autor), siguiendo las corrientes de Marx o de Nietzsche, que la aspiración a la trascendencia religiosa menoscaba la convivencia humana, socavando incluso el amor y el compromiso hacia las situaciones-límites en que yace el ser humano, plagando su discurso de paradojas: ¿quién puede mantener la idea de que la lucha por mejorar las condiciones del ser humano viene debilitada por la aspiración religiosa de otra vida, como si la aspiración religiosa fuese un camino contrario a la vida humana, una forma de vida extraña a la trascendencia interna, como si la mirada hacia la trascendencia religiosa nos obligara a desentendernos de la felicidad de la vida ordinaria? ¿No habría que decir más bien que esa aspiración eleva al hombre, lo transforma en un “hombre nuevo”? ¿Por qué la propuesta religiosa, según la filósofa estadounidense, al señalar ideales tan altos “mutilaría” al ser humano y le llevaría a despreciar la felicidad que se puede alcanzar en esta vida para vivir añorando el más allá, en lugar de significar esa misma propuesta un ámbito de florecimiento, cumplimiento y plenificación de esta misma vida humana?

Insuficiencia de una mejora exterior

Podríamos, en un ulterior análisis, señalar que para muchos existe otra alternativa: la mejora humana desde fuera. Esa postura transhumanista, una especie de credo científico-técnico secundado socialmente, es denunciada con acierto por el historiador Marc Fumaroli, recientemente fallecido. Para el ensayista francés, hoy existe una confianza ciega en el progreso técnico: estamos convencidos de que el hombre va a vencer a la muerte, derrotar a la enfermedad, viajar por el universo que nos rodea, incluso que va a poner fin a la Historia, convertirse en su propio Dios y su propia Providencia. Se trata de un prejuicio procedente de un humanismo enloquecido, que confunde al hombre con Dios, o que toma al hombre por un Dios colectivo, que carece de identidad personal y que trabaja para reformar el mundo creado para hacer de él un campo temático.

El relato cristiano: la conciencia de finitud como el recurso más poderoso para poner nuestras vidas en manos de Dios

Frente a ese credo, se encuentra el relato cristiano. Lejos de pensar que la aspiración a la trascendencia religiosa sea un tipo de razonamiento inapropiado para la ética, el ensayo de Roberto Esteban propone todo lo contrario: la configuración del mundo y de la humanidad desde la humildad de la acogida y la participación de la misma vida divina; la consideración de Dios como aquel origen sin el cual el actuar moral no encuentra una explicación última o la recuperación de un Bien trascendente que justifique la existencia del hombre en la tierra.

La cuestión planteada de un modo sencillo es compleja: ¿nuestra meta apropiada es una actividad conforme a la completa excelencia humana más alguna forma de trascendencia o, por el contrario, para perseguir adecuadamente el bien humano en su totalidad debemos dejar de lado nuestro deseo de trascendencia? Conocemos lo que dice Nussbaum: conviene una trascendencia humana e interna. Conocemos lo que dice Taylor: “el punto de vista inclusivo” de una vida buena exige la eudaimonía aristotélica más la aspiración a la trascendencia, superando “el punto de vista más estrecho”, es decir, la eudaimonía aristotélica y nada más. Conocemos ahora la propuesta integradora de Roberto Esteban Duque: la experiencia humana demuestra que debe existir algo más, “otra cosa” que llene el afán de plenitud y sentido, que dé soporte a una verdadera esperanza, que complete la obra de la vida del hombre y la trascienda de manera definitiva, una especie de “cristalización” de todo devenir previo de la vida humana, con el que se alcance el sentido de totalidad que responde al espíritu del hombre. Sólo queda un camino de ser elevado: que la Trascendencia sea una Trascendencia encarnada, esto es, que lo Eterno deje su impronta en la criatura y que la criatura sea lugar de su presencia; que el Absoluto entre en la historia aun permaneciendo soberano respecto de ella; que lo divino sea contemplado en lo creado; que el Verbo abra a todos el camino hacia el Padre desde la humanidad de quien es Hijo; que el Hijo hecho hombre nos revele lo que la criatura debía ser según el designio eterno del Padre.

El ensayo de Roberto Esteban Duque, un relato a caballo entre la antropología teológica y la filosofía moral, se polariza en torno a una idea: mientras que Nussbaum remeda a Aristóteles, eliminando cualquier tendencia del hombre a un fin sobrenatural como algo que no le corresponde como bien práctico, nuestro autor insistirá en el punto de vista de la Revelación, en la posibilidad de una elevación a la vida de Dios. Para Roberto Esteban, “al tener su fundamento ontológico en Dios, el hombre está abierto a la participación sobrenatural de la vida divina, lo que constituye a la vez un don gratuito y la única finalidad adecuada para lo que el hombre es por naturaleza”.

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