Quedan muchos residuos atávicos en los genes de los hombres, que costará transformar en respeto a la igualdad desde la vieja cultura de dominación sobre las mujeres. Y, desgraciadamente, la mentalidad de muchos colectivos de emigrantes varones que hemos acogido en este país durante los últimos años es aún más reaccionaria.
No voy a proponer que se baje la guardia en educación –y represión- de los hombres que agreden a sus parejas. Y menos que se relaje el castigo. Pero sí que se amplifiquen las denuncias sobre otros colectivos que también son víctimas de violencia intrafamiliar.
Por cada mujer que muere asesinada por el primate celoso de su pareja (o ex) hay una estadística que tiene su espacio en los telediarios; noticia que contribuye a la congoja colectiva y a la vergüenza que el colectivo mayoritario de varones sentimos. Pero va siendo hora de que el mismo formato de denuncia se amplíe a otros colectivos, especialmente menores y ancianos.
Como no hay estadísticas, o si las hay no se difunden en la misma medida, desconocemos las muchas maneras de agresión a menores de edad: abusos sexuales y violaciones, maltrato, acoso, ablación, utilización en los conflictos de pareja, enfermedades no tratadas y desnutrición, desescolarización, explotación laboral y un etcétera muy largo al que hay que añadir los asesinatos asociados a la violencia machista y los que –a saber con cuantos dígitos deberían contarse- se quedan en el Mediterráneo porque su familia creyó que Europa era lugar de promisión.
Y no me voy a extender sobre los viejos desamparados: ¿Quién no conoce a un mayor con salud frágil o incapacidad mental que si tiene patrimonio sus herederos pelean por tutelarlo, y si no lo tiene queda a merced de los servicios sociales?
El terreno que hemos ganado en violencia machista es hora, creo, de ampliarlo al resto de violencias intrafamiliares. Por eso sugiero a las administraciones públicas que reconviertan organismos y créditos exclusivos sobre políticas de mujer en programas que complementen idéntica defensa de menores y mayores desamparados. ¡Con estadísticas incluidas!
Joaquín Esteban Cava