La reciente noticia de que el Principado de Asturias ha logrado que Unicaja devuelva temporalmente a aquella comunidad 172 obras de arte procedentes de la antigua Caja de Ahorros de Asturias ha despertado, al menos en algunos, un evidente interés no exento de una sana envidia. Interés al ver cómo una comunidad autónoma ha sido capaz de activar mecanismos para reivindicar lo que es suyo, aunque sea en forma de cesión temporal; envidia porque, mientras tanto, nosotros seguimos sin saber —parece que a nadie le preocupe demasiado— qué ha sido del patrimonio artístico que durante décadas reunieron las cajas de ahorros de nuestra región.
Con sus luces y sus sombras, Caja de Ahorros de Cuenca, Caja de Ahorros de Cuenca y Ciudad Real y Caja Castilla La Mancha invirtieron durante muchos años en arte, en patrimonio documental y en cultura gracias al dinero de los ciudadanos de esta tierra. Ese patrimonio no desapareció: en los sucesivos procesos de integración de entidades, pasó primero a Cajastur, luego a Liberbank y hoy está en manos de Unicaja. Lo que sí ha desaparecido desde hace mucho tiempo es cualquier tipo de información pública sobre dónde y cómo se encuentra. Surge, además, inevitablemente, la pregunta de si entre las 172 obras que vuelven al Principado habrá alguna que proceda de nuestras antiguas cajas. No lo sabemos, pero el mero hecho de que no podamos descartarlo con certeza ya dice bastante sobre la opacidad que desde siempre ha rodeado este asunto.
Mientras Asturias negocia, acuerda, recupera y exhibe, aquí seguimos, al menos hasta donde yo sé, sin un inventario, sin una cifra, sin una lista, sin una sola declaración que aclare qué conserva Unicaja procedente de nuestras cajas, dónde está, en qué condiciones y si existe alguna posibilidad de que vuelva a nuestra región lo que haya podido salir de ella, aunque sea temporalmente. La comparación es inevitable: en Asturias, el Gobierno autonómico ha trabajado con discreción, pero con eficacia, para que su patrimonio no se diluya ni se olvide. Aquí, en cambio, la sensación es que nadie ha movido un dedo ni ha mostrado nunca el más mínimo interés por un legado que se hizo con recursos procedentes de nuestros ahorros y debería formar parte de nuestro patrimonio histórico y cultural.
El patrimonio artístico no es un adorno, sino un bien común que debe protegerse, conocerse y ponerse al servicio de la ciudadanía. Legalmente, las obras de arte que pueda conservar Unicaja procedentes de las extintas cajas de nuestra región serán, sin duda, de su propiedad, pero la entidad no puede ignorar que fueron adquiridas gracias al esfuerzo y a los ahorros de nuestras gentes. En cuanto a nuestros representantes institucionales, deberían velar por ese patrimonio común, procurando que no ocurra lo que sucede ahora: que esté en paradero desconocido para el común de los ciudadanos y, con mucha probabilidad, desperdigado por otras comunidades. El Principado de Asturias nos está mostrando el camino. Quizá va siendo hora de que nos preguntemos, con la misma claridad con la que lo han hecho allí, qué patrimonio procedente de nuestras cajas conserva Unicaja, dónde está y qué piensa hacer nuestra región para recuperarlo y devolvérselo, de algún modo, a quienes contribuyeron a forjarlo.
José Antonio Silva Herranz