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Jardinillo de la Plaza de la Hispanidad
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Jardinillo de la Plaza de la Hispanidad (Foto: cuencanews.es)

Planificar o improvisar (otra vez): el jardín de la plaza de la Hispanidad

viernes 29 de mayo de 2026, 01:09h

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Nuestros representantes municipales nos sorprenden a menudo con decisiones que, más que fruto de una reflexión madura, parecen el resultado de un impulso repentino. Ya lo señalé hace unas semanas en este mismo medio: la ciudad avanza sin un proyecto claro, sin una visión que dé coherencia a las actuaciones públicas y sin una respuesta mínimamente seria a preguntas tan básicas como por qué y para qué se interviene en el espacio urbano.

El caso del Jardinillo de San Francisco —o de la plaza de la Hispanidad, según la memoria sentimental de cada cual— es, en este sentido, paradigmático. Si alguien buscara un ejemplo perfecto de cómo una ocurrencia puede convertirse en proyecto público, difícilmente encontraría uno mejor. El Jardinillo no sufre ninguna emergencia urbanística, no hay en él hundimientos, no ha provocado quejas vecinales, no plantea problemas de ningún tipo e incluso se ha salvado milagrosamente del vandalismo. Es, sólo un pequeño jardín que cumple con humilde dignidad su función: ofrecer sombra, memoria y un ameno respiro vegetal en medio de una ciudad que no anda muy sobrada de espacio como ese. Sin embargo, alguien ha decidido que hay que “abrirlo”, “dinamizarlo” e “integrarlo”, verbos todos ellos muy del gusto de quienes confunden la puesta en escena con la buena gestión.

La propuesta de eliminar la verja histórica —uno de los elementos más característicos del jardín— y de trazar caminos interiores, innecesarios y sin sentido en un ámbito tan reducido, responde exactamente al patrón de improvisación que yo denunciaba hace unas semanas: intervenciones sin diagnóstico, sin objetivos claros y sin una idea de ciudad que las sostenga. El Jardinillo es la versión “en miniatura” del problema: una intervención que no responde a ninguna necesidad, que no mejora nada esencial y que, en cambio, amenaza con destruir valores patrimoniales, ambientales y simbólicos muy arraigados en la ciudadanía. La verja modernista, el monumento a los soldados conquenses caídos en África, las especies arbóreas singulares forman un conjunto que ha sobrevivido precisamente porque nadie lo ha manipulado; la verja ha sido, además, la mejor aliada para su protección, y retirarla no es un gesto de modernización: es un acto de irresponsabilidad.

Resulta irónico: un jardín que ha resistido cien años sin problemas podría ver comprometida su salud por una intervención que nadie ha pedido y que, objetivamente, se muestra como del todo innecesaria. Es la versión botánica del problema del que yo advertía en mi artículo anterior: una ciudad no se construye sumando arreglos puntuales ni actuando a golpe de ocurrencias como esta, sino tejiendo decisiones coherentes que respeten su singularidad.

La reacción ciudadana hace pensar que quizá no todo está perdido. En casos como este, la mejor decisión urbanística es la más sencilla: no tocar lo que funciona. Rectificar no es un signo de debilidad política; es un signo de inteligencia institucional. Sería también un gesto de respeto hacia los conquenses, que, al menos esta vez, han demostrado una sensibilidad admirable ante la amenaza de perder o de ver degradado un espacio que forma parte de su memoria colectiva. Si el Ayuntamiento quiere empezar a construir esa visión de futuro que tanto echamos en falta, podría hacerlo aquí, en ese pequeño triángulo verde que ha unido durante más de un siglo Carretería y Aguirre. Bastaría con escuchar, pensar y planificar, tres verbos que, bien conjugados, suelen dar mejores resultados que improvisar.

José Antonio Silva Herranz

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