En las últimas semanas, varios artículos de opinión publicados en diferentes medios informativos han hecho visible una inquietud compartida por muchos conquenses: la sensación de que la ciudad avanza sin un proyecto claro, sin una visión que oriente las decisiones urbanas y dé coherencia a las inversiones públicas. La anunciada remodelación de Carretería se ha convertido en el ejemplo más reciente de este problema: se han manejado presupuestos cambiantes y fechas que se presentan como definitivas aunque rara vez lo son, pero en realidad no se sabe muy bien qué se quiere hacer y siguen sin respuesta preguntas esenciales como por qué y para qué se remodela Carretería, qué problema se pretende solucionar, qué modelo de calle —qué modelo de ciudad— se persigue con esa intervención.
Esta incertidumbre no es nueva. Durante décadas, Cuenca ha encadenado proyectos que nacieron con grandes expectativas y terminaron en frustración, improvisación o abandono: actuaciones mal planificadas que hubo que modificar sobre la marcha (Ars Natura), infraestructuras situadas en lugares poco adecuados que han generado problemas de acceso aún sin resolver (la estación del AVE o el nuevo hospital), intervenciones costosas y sin función alguna (el Bosque de Acero), etc. Todo ello ha alimentado la percepción de que los gestores de la capital conquense toman decisiones importantes sin una hoja de ruta y sin una idea clara de qué modelo de ciudad quieren para dentro de diez, veinte o treinta años.
Parece evidente que ha faltado planificación y visión de ciudad, es decir, un proyecto que dé sentido a cada obra y que permita que las inversiones públicas no sean meros parches puntuales, sino pasos coherentes hacia un modelo urbano bien planteado. Carretería necesita una reforma, como otras zonas de la ciudad, pero reformar no es lo mismo que transformar. Intervenir en el espacio urbano nunca debe entenderse como un acto aislado: cada obra, por pequeña que parezca, modifica flujos, usos y dinámicas sociales y económicas. No basta con reparar lo que está deteriorado ni con renovar lo que se ha quedado obsoleto: hay que entender cómo cada intervención dialoga con su entorno, cómo afecta a la movilidad, al comercio, al paisaje urbano y a la vida cotidiana de quienes lo habitan. Una ciudad no se construye sumando arreglos puntuales, sino tejiendo decisiones coherentes que respeten su identidad y potencien su futuro. De no hacerse así, cualquier obra puede quedarse en un gesto aislado, un gasto sin dirección, una oportunidad perdida.
Cuenca necesita un proyecto de ciudad que no dependa del color político del momento ni de ocurrencias improvisadas, que dé coherencia a las inversiones, que articule y vertebre los barrios, que cuide el patrimonio, que impulse la economía local y que haga de la ciudad un lugar donde queramos —y podamos— vivir. Si todavía se está a tiempo de repensar el proyecto, Carretería podría ser una oportunidad para empezar ese camino, pero para ello quizá sea necesario dejar de pensar en cómo llegaremos a la próxima cita electoral y comenzar a caminar con un rumbo claro. Porque las ciudades no se construyen a golpe de calendario ni a golpe de ocurrencias para salir del paso; se construyen a golpe de planificación y de visión de futuro.
José Antonio Silva