El despliegue publicitario de Cuenca en FITUR 2026 ha aterrizado con un eslogan que busca la épica, basado en el eclipse total de Sol que se producirá y podrá ver desde cualquier punto de la provincia el próximo 8 de agosto: "Cuenca, el destino que eclipsa".
Sin embargo, para quienes habitan la realidad diaria de esta tierra, la frase no despierta admiración, sino una punzada de ironía. Tras el brillo de los focos y los vídeos promocionales en alta definición, la pregunta surge inevitable y dolorosa: ¿realmente Cuenca eclipsa al visitante por su esplendor, o se está eclipsando a sí misma bajo el peso del abandono institucional?
Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1996, Cuenca posee credenciales de sobra para figurar en el imaginario turístico internacional. No es solo una postal bella; es una ciudad con identidad, historia y un entorno natural privilegiado. A ello se suma una oferta cultural nada desdeñable —museos, festivales, arte contemporáneo— que la sitúan por encima de lo que cabría esperar de una capital de provincia de poco más de 50.000 habitantes. Pero el reconocimiento no siempre se traduce en oportunidad.
El turismo en Cuenca sigue siendo mayoritariamente de paso, concentrado en fines de semana y visitas fugaces. El visitante “consume” la ciudad en unas horas y se marcha. Falta permanencia, falta relato, falta ambición estratégica para convertir el impacto visual en arraigo económico y social El logo de marras suena, a estas alturas, a una broma de mal gusto. Un "eclipse" es, por definición, la ocultación de un cuerpo celeste. Y lo que las administraciones —tanto la Junta de Comunidades como el Gobierno del Estado— están logrando es precisamente ocultar el futuro de Cuenca tras un velo de promesas incumplidas. Hablemos de movilidad, el tendón de Aquiles de cualquier desarrollo.
Se nos vende un destino de vanguardia mientras se ha perpetrado el desmantelamiento del tren convencional. Con su supresión, no solo se ha hurtado a los ciudadanos un transporte asequible y vertebrador, sino que se ha condenado cualquier aspiración industrial: sin vía convencional no hay transporte de mercancías, no hay puertos secos y no hay centros logísticos. Somos una isla de asfalto en la era de la logística sostenible. ¿Cómo llegarán esos turistas "eclipsados"? ¿En un AVE que, a menudo, funciona como un servicio "capitidisminuido" por horarios y precios que no siempre responden a la demanda local? ¿Por autovías que solo existen en los mapas electorales de hace décadas? Las conexiones con Albacete/Valencia, Teruel y Guadalajara siguen siendo una quimera, una deuda histórica que nadie parece tener prisa por saldar.
Esta asfixia en las infraestructuras tiene un reflejo directo en la UCLM. Mientras otros campus crecen con centros de investigación punteros y una oferta académica diversificada, el campus de Cuenca languidece en una desigualdad evidente. Sin una apuesta real por la educación superior y la innovación, el talento joven huye. El resultado es una crónica de una muerte anunciada: un envejecimiento acelerado y una despoblación que ya no es una amenaza, sino una realidad estructural.
Sin puestos de trabajo ni futuro para las nuevas generaciones, Cuenca se convierte en un hermoso decorado que se vacía cuando se apagan las luces de la feria de turismo. Un destino que no cuida a su gente, que no facilita el acceso a quienes no quieren o no pueden usar el coche particular, y que carece de una red logística mínima, es un destino que no eclipsa: se apaga. Menos eslóganes ingeniosos y más inversiones reales. De lo contrario, lo único que quedará de Cuenca será la sombra de lo que pudo haber sido.
Constancio Aguirre